Un bello poema, mal leído, es destruido: entrevista a Carlos Aprea 

por Manuel Domínguez Iribe

Carlos Aprea

 

Nació en La Plata, en 1955. Es escritor, actor y director de teatro. 

En la actividad teatral, actuó en: “Woyzek, historia de un soldado»; “Escorial, la leyenda negra”; “Vincent y los cuervos”; “Antonito el Camborio – oratorio y coro”; “Ensueños – Juana Azuduy”; “Entropía”, cortometraje; “Rastreros”, serie web; “Palabras…La palabra ausente” y “Altazores”. Dirigió:Memoria y celebracióny “Pervertimento y otros gestos para nada”.

En poesía, publicó: «la intemperie»; «abrigo”; “Política líquida y otros poemas”; La camisa hawaiana; Pueblos fugaces; Villa Elvira y Escaleno. Colaboró en diversos medios gráficos y sitios de internet. Es parte integrante de Pixel Editora, condujo por Radio Futura, el programa “El Club intergaláctico” y coordina, desde 2015, el ciclo de lecturas Poesía en la terraza, de El Espacio – Malisia, de La Plata

Crónica del encuentro

La primera vez que escuché recitar a Carlos fue en una presentación de una edición sobre la poesía de Cesare Pavese en el espacio Malisia. Distintos poetas y colaboradores se dividieron poemas del escritor italiano para leerlos y mostrar su obra. Aquella terraza oscura, absorbida por la noche, se inundó por las palabras prestadas de Pavese; sin embargo, aunque algunos lograban llegar al tono del poema en sus recitaciones, muchos otros no lo conseguían. Entre todos ellos, la voz de Aprea se hacía notar, trasmitía la sensación que me daba la lectura silenciosa de los poemas pavesianos de manera exacta. Más tarde me enteraría de que se había dedicado muchos años a la práctica teatral, por lo que supuse que aquella lectura socializada estaba contaminada por su trabajo performativo.  Lograba actualizar las palabras lejanas y crear un nuevo espacio. Fue, en realidad, una puesta en escena donde se fundieron la voz del poeta y la del recitador.

A la hora de pensar a quien iba a entrevistar, recordé aquel encuentro y pensé que era un buen momento para ver cómo era el trabajo poético de Carlos, ya que me interesaba conocer sus propias palabras y no quedarme solo con las de Pavese. Los primeros poemas que encontré fueron “Tregua en la propia casa” y “Que este poema sea”. En ambos vi un trabajo con la escritura y el espacio que venía buscando en mi propia escritura, por lo tanto, me decidí a contactarlo y entrevistarlo.

Dio la casualidad que el encuentro sucedió en el mismo espacio donde lo vi recitar por primera vez, la terraza de la librería Malisia. Pero esta vez ya no era de noche, ya no estábamos rodeados de una muchedumbre tomando cerveza y él ya no era un desconocido. Solos, sentados a la mesa y tomando unos mates en un día soleado, comenzamos a hablar del trabajo poético.

Entrevista

¿Cómo comenzaste a escribir y cómo aparece la poesía en tu vida?

La poesía aparece antes de tener alguna decisión de escribir. Aparece por distintas vías: primero por la escuela primaria y secundaria, sobre todo por ese afán de memorizar poemas, que tenían las docentes en aquellas épocas (la década del 60). Eran memorizaciones que, más allá de las críticas, permiten que yo todavía me acuerde de algunos poemas, lo cual me hizo repensar muchas veces el problema de la memorización. A su vez, la memorización permite cierto carácter performático.  

El otro factor que contribuyo muchísimo en mi vida fue el contexto vocal. Básicamente la situación social y cultural en la década del 60 y 70 hizo que circulasen muchísimas publicaciones donde la poesía estaba presente. Reivindico esas ediciones fantásticas que llegaban a los kioscos del Centro Editor de América Latina, libros muy accesibles que además despertaban la curiosidad de alguien a los 12 o 14 años. 

El tercer elemento fue la música, sobre todo a partir de los cantautores en español como Paco Ibáñez, Juan Manuel Serrat. 

El cuarto factor fueron las bibliotecas populares. Concretamente la Biblioteca Pública Almafuerte, donde había un bibliotecario que muchos años después me entere que era poeta, y él me recomendó algunas lecturas fundamentales. 

En conclusión a los 15 o 16 años tenía tres autores que eran para mi muy importantes, sobre los cuales siempre vuelvo. Uno es quizás el que más envejeció en cierto sentido: Antonio Machado, otro es Césare Pavese, y el tercero es César Vallejo. Para mí, más allá de autores nacionales como Gelman, Girondo, Juarroz y muchos más, los tres principales que nombre se fueron condensando distintas cuestiones. Por ejemplo los orígenes familiares, italianos por parte de mi papá y españoles por parte de mi mamá; también la condición obrera de mi padre, para lo cual algunos poemas de Pavese me llegaban directo al corazón; y después el festín de la lengua que es Vallejo, atravesado por el dolor y un montón de cuestiones que están presentes en nuestra América, junto a un despliegue del lenguaje que aún hoy me sigue pareciendo fantástico.

¿Cuál fue el clima intelectual de tu casa y tu infancia?

Provengo de una casa de clase obrera, mi madre era ama de casa. Tanto mamá como papá no completaron la escuela primaria. No había una gran biblioteca en casa, pero si un afán de la vieja historia de “Mi hijo el doctor”, es decir que mis hermanos y yo, estudiásemos. Por eso se alimentaba la lectura. Durante la década del ´50 y ´60, en Villa Elvira, donde yo nací, se vendían libros casa por casa, grandes colecciones, varias editoriales, y eso propiciaba la posibilidad de compra. Gracias a esto me volví un gran lector, sobre todo de novelas de aventuras y ciertas lecturas de tipo enciclopédicas. Pero como dije, en casa no había una gran biblioteca, era muy pobre, quizás algunos libros relacionados al trabajo de mi papá, en la refinería de YPF, el Martin Fierro, algunos cancioneros de tango y folklore. Es por eso que rescato el valor de las bibliotecas populares y de los bibliotecarios, porque ante la avidez hacia lo desconocido que uno podía plantear, te ofrecían un abanico de posibilidades. 

¿Cómo se publicó tu primer libro y cómo recuerdas ese período?

Si bien escribía a partir de los 16 años, fue una escritura más bien secreta, alguna que otra publicación recibió algún poema mío porque eran amigos y me conocían. Recuerdo por ejemplo Talita, que fue una publicación aparecida en los últimos años de dictadura que se hizo acá en La Plata, donde publiqué un par de poemas. Pero no había tenido la decisión de publicar un libro hasta que un hecho fortuito me permite por un lado participar en un concurso que se dio en La Plata, donde saqué el segundo premio y a partir de allí comenzó a plantearse la necesidad de publicar. Eso sucedió en el año 1997 y el libro salió en el 1999, se llamó La intemperie. Como suele suceder con las primeras obras, uno quiere meter todo, no se da cuenta pero quiere meter todo, tal vez por las dudas que sea el último y además yo estaba muy atravesado por las cuestiones sociales y personales de los años 90. Fue una década muy dura para mí y mi familia, desde lo laboral, económico y  vivencial. Es por eso que el libro, visto a la distancia, está excesivamente cargado por esas sensaciones. Esa es mi autocrítica.

En estos días falleció el que tuvo la enorme generosidad de hacerme un prólogo excesivamente elogioso, que fue un gran poeta nacido en Ensenada, Juan Octavio Prenz. Se exilió en el año 1975, después de haber creado el Instituto de Filología de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), perseguido por la CNU. Era un hombre que manejaba al menos, entre seis y siete idiomas, traductor de poesía yugoslava, gran poeta y escritor muy reconocido en Trieste. A Juan Octavio lo conocí porque en 1987, particiaba en un programa de Radio Universidad, donde lo entrevistamos y además era amigo del dueño de Libraco, librería en donde trabajé.  Como venía diciendo, me hizo un prólogo y de alguna manera impulsó la publicación a un mayor círculo.

¿Cuál fue el concurso en el que participaste y dio pie a tu trabajo profesional de poeta?

Gané el segundo premio en el concurso que organizó la empresa de energía Edelap, el cual surgió porque Osvaldo Ballina, poeta de larga trayectoria, estaba a cargo del área cultural y fue él quien les propuso el concurso. Allí se me permitió conocer a muchas personas que ya venían trabajando en el ámbito de la poesía y entrar en ese mundo. Allí conocí a Gustavo Caso Rosendi, el cual ganó el primer premio, y luego nos hicimos amigos. El escribió lo que para mí es uno de los mejores libros sobre las Malvinas, que se llama Soldados, donde hay un gran trabajo poético y social. En ese libro a través de una poesía con mucha economía y precisión, se puede ver lo que fue la guerra. 

¿Cómo es tu proceso a la hora de trabajar? 

Tengo varias alternativas. En general, aunque no creo mucho en la inspiración y menos de carácter divino o algo por el estilo,  tengo otros intereses además de la poesía, como lo son el teatro, el lenguaje, la ciencia y la política (más orientada a la reflexión y la teoría, que a la militancia concreta, en este momento de mi vida), intento buscar alguna cuestión vinculada al lenguaje que me sorprenda. Algún sonido, un juego de palabras, una imagen, es decir, buscar distintas entradas al poema. A su vez es necesario algún momento de ocio, vaciar la cabeza de lo cotidiano, me resulta sumamente necesario para ir a escribir. Es en ese momento donde me pongo  escribir, puede aparecer un poema o varios. 

Últimamente me surgen poemas sueltos, de los cuales después viene un segundo trabajo que es la corrección y el de repensar el conjunto. Esto último es un trabajo muy arduo que puede llevar mucho tiempo.

¿Lee alguien tus textos antes de que ingresen en el proceso de publicación? 

En mis distintos libros traté siempre de que haya algún lector, generalmente algún amigo cercano. No me gustaría nombrar a nadie para no dejar a nadie afuera. Me interesa mucho compartirlos porque creo que hay dos etapas en el poema: la primera es su propia génesis y una segunda, quizás más intelectual, que es su corrección, su ubicación en un contexto más amplio que podríamos llamar libro. Hasta ahí es un trabajo con mucha soledad, una fuerte introspección de lo propia. Pero después aparece un segundo trabajo que es la decisión de publicar y aquí me parece que esa decisión convierte todo el trabajo personal en un bien (en sentido comercial) transable. 

Un libro es un objeto material que participa en un circuito dado en un esquema social en el que vivimos, donde las cosas se compran y se venden, a veces se truecan y eso también es válido (puedo trocar un libro mío por una buena botella de vino, no me parece mal). Hace un tiempo que hago trabajos de edición y me interesa que dentro de lo posible haya un equilibrio entre la discusión que implica un libro y su belleza, es decir, que haya un trabajo de edición y diseño digno.

¿Lees a otros autores en los períodos en que estas trabajando en una obra propia? 

Desde hace un tiempo me interesa leer filosofía mientras trabajo en algunos poemas, leo mucho a Spinoza. También estoy leyendo algo de feminismo, más que nada para desasnarme, comprender un poco más mi propia historia y también el contexto actual.

¿Cómo definirías los temas que abordas en tu producción literaria?

Muchas veces te los definen los demás. Yo no tengo un plan, tampoco puedo mantener uno. Tengo cierta inconstancia con algunas cuestiones, también avidez de mundo. Quizás esas cosas tengan algo que ver con los temas que trato. Uno de los libros que por ahí más les ha gustado a unos amigos se llama Pueblos fugases y tiene que ver con una cuestión que me apasiona: viajar. 

Desde muy chico me gusta viajar, me pone de buen ánimo sentirme en el camino. A su vez, me interesa mucho la gente, me gustan los personajes y la diversidad humana, y en ese sentido el viaje tiene que ver con esa posibilidad de conocer. 

Con un amigo poeta convertimos la frase “viajando se conoce gente” en “conociendo gente se viaja”. Hay personas que pueden hacerte viajar con el relato de su propia vida. Son fascinantes. Puede suceder con un carrero de la periferia, puede suceder con un embajador que aparezca por alguna cuestión en La Plata, puede suceder con algún teatrista ambulante que anduvo por centro América y que cuente que estuvo en algún volcán, alguien que sin imaginarlo te puede decir que estuvo con los canacas o en la Polinesia.

Hay muchas formas de seguir pensando que el mundo, aun hoy, sigue siendo ancho y viajero. Esto me fascina y me parece cada vez más útil en un mundo que cada vez tira mas para atrás. Hay una sensación, a partir de las últimas revoluciones tecnológicas, de que todo ya esta conocido y que no queda más que hacer lo que te corresponde. Yo en eso me rebelo.

 

¿Cómo relacionarías tu obra con respecto a otras actividades artísticas como el teatro o el cine? 

En mi caso surgieron pasiones paralelas, y como se sabe, las paralelas solo se unen en el infinito. Me cuesta mucho relacionarlas, tengo cierto pudor, me resulta más fácil leer poemas de otros que los míos. La poesía no solo puede ser hecha por todos, como decía Lautréamont, sino que también puede ser dicha por otres. No creo que el único que puede pronunciar sus poemas sea el autor o la autora.

En mí,el vínculo entre la poesía y el teatro nunca fue fuerte, el teatro pasó por un lado y la poesía por otro. Reconozco que hay cierta posibilidad, a través de lo verbal, de lo performático, que el teatro me ha dado. Pero no es nada más que un oficio, una práctica, no le adjudico ninguna otra cosa. Nunca se me ocurrió, hasta ahora, combinar las dos cuestiones. Cuando alguna vez dirigí, utilicé fragmentos de poesías. En una obra que hicimos en el año 1991, que se llamó Memoria y celebración, que también es un título de un cuento de Haroldo Conti, contábamos una dura historia de los años ´70 a través de una actriz, utilicé fragmentos de Conti, de Pizarnik, de algunos otros más. Pero no utilice poemas míos, el resto del material textual surgió en improvisaciones y demás. También he hecho radio, alguna filmación, y ninguna está vinculada con la poesía, son cuestiones diferentes. 

Lo que mediatiza el teatro y la poesía es la presencia del cuerpo del otro, eso te plantea el problema de “la verdad”. Mi viejo profesor de teatro decía: “el sentido de verdad”. Las palabras resuenan de tal manera en la voz del actor o la actriz, que construyen un sentido de verdad para el que escucha. Si eso no sucede se cae todo el andamiaje. En cambio, cuando uno lee, es uno el que está leyendo y está entrando en esa verdad que le plantea la literatura. No solo es  verosimilitud, sino, también, un sentido de verdad que tiene que ver con cómo te afecta el poema, la imagen y el conjunto de palabras. Son dos cuestiones diferentes, la mediación del cuerpo en lo performático hace que toda la realidad sea puesta allí. Un bello poema, mal leído, es destruido, un mediocre poema bien leído suscita algo en una escucha que quizás no lo merezca.

 

¿Tenés pensado algún tipo de lector ideal de tu obra? 

Me gusta pensar que el lector ideal es un desconocido. Alguien que encuentre en alguna librería de usados. Tuve la suerte de recibir comentarios de Chile, Italia, con algunos poemas que tradujeron y eso me permitió desarrollar una especie de ida y vuelta imaginaria, con ese lector casual. Lo digo así porque yo soy consciente de que uno participa de ciertos círculos que tienen que ver con el contexto, la ciudad, lo generacional, y a mí eso me aburre. Esa cuestión constituye una especie de red donde uno queda atrapado, sin saber bien cuál es la araña, la araña no aparece o quizás no queramos que aparezca. Uno queda atrapado ahí, te reconocen en ese lugar y sin embargo estás atrapado. 

A mí me gusta la figura del que se desmarca, como en el futbol, que debería estar en tal zona y sin embargo lo encontrás en otra. Esto es con respecto a los posicionamientos intelectuales con respecto al trabajo con la literatura. En el campo de lo político se trata de posicionamientos ideológicos, tienen que ver con cómo estás parado en la realidad social y política, en ese caso no me interesa el juego de la ambigüedad. En el campo del trabajo de la lengua esta bueno eso de desmarcarse, no por los demás, sino por uno mismo.

 

¿Cómo pensás la enseñanza de la escritura?

Hace poco que me decidí a hacer trabajo de taller, no soy docente y no tengo formación, a pesar de estar rodeado de algunos (mi esposa, mis hijas). Hay algo que a uno siempre le atraviesa con un hacer, con un oficio, que es el vinculo con el maestro, directo e indirecto. Reconozco algunas profesoras que me han marcado, por alguna palabra o acción, lo mismo con el trato o en mi formación como técnico químico. 

Yo, puesto como docente, he tenido la posibilidad de trabajar en las escuelas de la periferia, de manera ocasional y relacionado a un proyecto político, es decir, educación no formal que después constituyo el FINES. Fueron experiencias muy ricas. Recién hace tres años, comencé a hacer un trabajo de taller en el espacio de Malisia, donde soy también parte de este colectivo. Me planteo, en relación a la literatura, lo que yo más disfruté en mis experiencias con el teatro, como en otros aprendizajes, y es la idea de que esto es un juego serio. Me refiero a la seriedad de un niño cuando juega, en sentido de que uno decide hasta donde mete los pies, si te sumergís de cabeza o metes un dedito y si está muy frio huye. Uno asume los riesgos y eso provoca resultados diferentes.

También la presencia del cuerpo, de lo material, está presente en todo oficio, aun en los oficios que parecen más inmateriales como la literatura o la música. No se puede prescindir de la idea de cuerpo. Con toda la ambigüedad, es decir, el cuerpo de la lengua, el cuerpo propio, el cuerpo del otro, el que lee y el que escucha. En ese sentido me parece que hay aprendizajes sociales que me hacen ver que es así. 

La irrupción del feminismo y su lucha es un buen ejemplo, el cuerpo, tanto en lo personal, (como la consigna: lo personal es político) es lo que está presente. 

En ese sentido, el trabajo de taller que yo encaro, está relacionado con la práctica teatral, apuntan a jugar con uno y liberarse, jugar con sus propias máscaras. No es una formula y no creo en ellas, solo intento entusiasmar, ayudar que otros se metan al agua y dejar que cada uno nade para el lado que quiera.

Con respecto a la actividad editorial ¿Cómo te posicionás en este campo y qué opinás sobre la actividad independiente y autogestionada? ¿Cómo ves el ingreso de las editoriales independientes en el campo literario y sus relaciones con los sujetos que lo integran?

Es un hecho que la actividad independiente y autogestiva ha promovido en los últimos años, posteriores al 2001 para decir algún periodo, ha sido un punto fundamental para promover, no solo a nuevas escritoras y escritores, sino también nuevos lectores. 

Hay una avidez que parecía desconocida en otras épocas sobre el interés de autores jóvenes. En la ciudad de La Plata, un ambiente universitario y repleto de jóvenes, se consolida un vínculo importantísima entre escritura y lectura, entre lector y escritor. Eso puede promover una expansión de la literatura, no solo como trabajo, sino también como placer y parte de un ámbito cultural, como a su vez una nueva forma de socializar. Me parece muy importante, sobre todo en una época donde cada vez más tenemos regulada la vida minuto a minuto. Desde lo políticamente correcto, hasta lo que “conviene” consumir, los grados de libertad, se van achicando cada vez más. Se pierde la singularidad y uno siente que es parte de una masa conducida por un pastor invisible hacia el borde del río, una especie de Flautista de Hamelín, hacia el borde del abismo. Eso me parece peligroso. 

Por un lado, esta nueva sociabilidad, esos lectores que se generan por medio de nuevas ediciones, tiene obviamente sus pros y sus contras. Hay que trabajar en varios sentidos. Por un lado romper la idea de gueto, es decir, la idea de que cada lugar construye un canon, como lo es la universidad, una cátedra, un grupo editorial, una publicación, etc. En los suplementos literarios algún autor menciona a otro y a la semana siguiente viceversa, y eso se convierte una cristalización de lo mismo. Por otro lado, hay que tratar de ir más allá de lo generacional, que no haya una lectura por periodos, tiene que haber circulación de lecturas más allá de las brechas generacionales y para ello es necesario inventar estrategias desde lo editorial y lo cultural para que suceda eso.

La cultura es un hecho vivo, es como una gran ameba que a veces parece que está totalmente cristalizada y de pronto puede aparecer una gotita de agua, haciendo que vuelva a crecer.

¿Cuál es para vos la función de la materialidad del libro?

Es un vehículo para todo aquello que no tiene precio, me refiero al libro de creación, en un libro de marketing claramente no sucede. Uno habla del libro en general, pero en realidad hay de todo, inclusive mucha basura. Yo me refiero al campo de lo literario y lo poético en particular. En una cultura donde the time is money, donde está la reglamentación de la eficiencia, de lo meritocrático, se vuelve cada vez más un hecho imprescindible para el sistema donde vivimos y donde se valoriza más el rol de consumidor que el de creador, “perder el tiempo” leyendo un libro de poesía es fantástico, se convierte en un hecho subversivo y vital. Es la posibilidad que nos queda de ser otro. Ese pedacito de tiempo que robamos mientras viajamos en un colectivo y leemos unas páginas, es un hecho que nos permite pensar que otra vida es  posible, que hay otras vidas y que son interesantes de explorar, conocer y cruzarse. Por eso es necesario un libro, pese a todos los augurios que la era informática brindo, sobre todo a partir de los ´90, el libro material sigue teniendo un lugar en la cabeza, en el bolso, en el bolsillo. 

 

¿En relación con qué autores argentinos o extranjeros pensás tu propia obra?

Todos somos parte de una gran construcción humana que a veces sentimos que se va al carajo, y otras parece tener un sentido. Me acuerdo de una frase de Ingmar Bergman, director de cine sueco, decía: yo quiero ser uno más de los que construyen la catedral en la llanura, algo así, no soy textual. Yo con esa idea me siento bien, con ser uno más de los que construyen. 

Con mis contemporáneos tengo un vínculo muy parcial. La poesía me ha permitido algunos encuentros maravillosos con poetas que admiro, como algunos del interior del país. Me he cruzado con muchos poetas patagónicos, me interesa mucha cierta poesía de allí. He tenido la suerte de conocer algunos poetas chilenos y peruanos. Me resulta fantástico, por esta cuestión del viaje como dije antes, saber qué significa en términos de trabajo la poesía como campo para unos y otros, encontrar los cruces. Me acuerdo de un poema de Johnny Barbieri, un poeta peruano, donde habla de una mujer mayor que él y de una relación casual. En esa poesía, con nombres que no son habituales en Argentina y un contexto distinto, me provocaba una resonancia que la sigo recordando. Eso es lo fantástico de la lengua y sus variantes como sucede con el español.

 

¿Vivís de la literatura? ¿Qué otras actividades realizás o has realizado?

Tuve trabajos variados, de distintos tipos, privados, públicos, callejeros. Comencé como técnico químico. La literatura solo me dio encuentros, posibilidades de intercambio, pero nada en cuestiones de lo material. Quizás el teatro me dio alguna ganancia y posibilidad de viaje al interior del país. Trabaje también un poco en el cine, en la radio que me gusta mucho y tengo ideas para volver. Viajar es una pasión que cuesta cada vez más caro.

 

¿Cuál es para vos el rol de la literatura dentro de la sociedad y su relación con la política?

Hay un problema con la idea de rol, es decir, la idea de canon y la construcción de una tabla de reglas. En mi opinión no funciona así ni la literatura ni el arte. El problema es que cuando funciona así caemos en ideas que se van al carajo, por ejemplo la idea de la industria cultural, la idea de que para que el arte prospere se debe convertir en un producto industrializable. Todo esto provoca películas mediocres, repetitivas, best seller (aunque no digo que este mal que existan o que se consuman). Me parece que la función del arte tiene que ver con la exploración personal, el descubrimiento de nuevas fronteras de lo humano. Sigo siendo modernista más que posmodernista. No le encuentro sentido a la necesidad de fragmentar, no tiene sentido romper para construir otra jaula. El problema surge cuando construimos un canon por esa necesidad de clasificar. La imperiosa necesidad de clasificar es absolutamente capitalista, de este modelo social donde todo debe ser medido y ubicable. Abogo por un arte en permanente renovación, en contacto, con diversidad, donde lo personal se politice, como dice el feminismo. Aunque en eso ultimo tengo una cierta distancia, siento que hay algo de lo personal que debe ser intimo, uno necesita un espacio absolutamente propio como individuo. Pero a la vez mantener la dialéctica entre lo personal y lo masivo. Para que eso sea necesario hay que liberar al arte de lo presupuestario. Si todo pasa por un  presupuesto, llega un momento que se arma una estructura insostenible, generando una política de violenta diferenciación social. Por ejemplo, si planteas una entrada de teatro de mil mangos, tenés que saber perfectamente quién es el que tiene la posibilidad de pagarla. Mucha gente trabaja a partir de constituir la voz de la selecta minoría, esa misma gente necesita de lo inmaterial y eso es una clave. Lo inmaterial que le brindan está armado dentro de su gusto, a veces se generan algunas rupturas interesantes, pero pocas. Y terminan haciéndonos creer al resto que aquello que ellos consumen es el arte y no lo es, es una gran cagada.

 

Por último, ahora, en 2020 ¿cómo te impacta la cuarentena en lo creativo, emocional y laboral?

Esta inesperada situación de pandemia, esta obligada cuarentena (vista desde mi situación en Argentina, no quiero pensar en términos mundiales), me parece que es absolutamente razonable. La decisión de entrar en cuarentena e inclusive mantenerla en este periodo es necesaria porque nuestro sistema de salud estaba francamente desastroso. Creo que ayudó mucho este tiempo para reconstruirlo, para tomar recaudos y para ir tomando conciencia de la situación.

En lo estrictamente personal, al principio, es decir los primeros meses, me sentí extrañamente aliviado, con tiempos para cosas que venía postergando, y fue en ese sentido muy estimulante. 

En la escritura, por un lado, retomé algunos trabajos, por otro, retomé lecturas. A su vez, ahora estoy trabajando en dos proyectos que me han tenido muy ocupado. Uno, que sigue adelante, es distribuir poesía a partir de whatsapp con amigos, gente conocida y quienes, a su vez, recomendaron a otras personas que se fueron sumando y que hoy por hoy es una lista de ochenta y cinco personas, a las cuales yo todos los días les envío tres o cuatro poemas de distintos autores de Argentina y Latinoamérica (en su enorme mayoría en idioma español). El otro es un trabajo en colaboración con un amigo, un poeta italiano, Roberto Pasquali de Bolonia, el cual es una antología de poetas que escribieron en este momento de pandemia en distintos lugares del mundo. El proyecto ya entra en edición digital y va a ser gratuito, y si las oportunidades económicas se dan, pensamos el año próximo imprimirlo en papel.

Rescato que pude terminar de leer Una excursión a los indios ranqueles, que era una lectura que me debía hace mucho tiempo, como también completé la trilogía de Hernán Ronsino, un autor argentino que me encanta.

En lo afectivo, en lo vivencial, ha sido dura esta prolongación porque casi no he visto a mis hijas, solo he visto una vez a mis nietos (los extraño mucho) y no veo a muchos amigos con los cuales me gusta reunirme. Por otro lado, la vida con mi pareja se ha profundizado, hemos podido sortear algunos inconvenientes, hemos podido charlar muchas cosas que nos debíamos y creo que eso es positivo.

En otros planos, la lucha continua.