El género del sonido de Anne Carson (2)
Traducción por Valeria List. Leé la primera parte aquí.
Para la definición formal de la naturaleza humana preferida por la cultura patriarcal, la cultura se basa en la articulación del sonido. Como dice Aristóteles, cualquier animal puede hacer sonidos para registrar placer o dolor, pero lo que diferencia al hombre de la bestia —y a la civilización de lo salvaje— es el uso racional del discurso articulado: logos. A esta descripción de la humanidad le siguen reglas severas de lo que constituye un logos humano.
Cuando la esposa de Alexander Graham Bell, una mujer que se quedó sorda en la infancia y sabía leer los labios pero no muy bien cómo hablar, le pidió que le enseñara la lengua de señas, Alexander le contestó: “El uso de la lengua de señas es pernicioso porque la única manera en la que un lenguaje puede ser dominado completamente es usándolo para la comunicación del pensamiento, sin que se traduzca a ningún otro lenguaje”. La esposa de Alexander Graham Bell, con quien se había casado un día después de patentar el teléfono, nunca aprendió la lengua de señas ni algún otro lenguaje.
¿Qué es lo pernicioso de la lengua de señas? Para el esposo Alexander Graham Bell, así como para un orden patriarcal como el de la Grecia clásica, hay algo perturbador o anormal en el uso de signos para transcribir, sobre la superficie exterior de un cuerpo un significado que viene del interior del cuerpo sin pasar por el punto de control del logos, un significado que no esté sujeto al mecanismo de disociación que los griegos llamaron sofrosine del autocontrol. Sigmund Freud aplicó el nombre “histeria” a este proceso de transcripción cuando ocurría en pacientes femeninos cuyos tics, neuralgias, parálisis, desórdenes alimenticios y episodios de ceguera podían ser leídos, según esta teoría, como una traducción directa en términos somáticos de eventos psíquicos en el cuerpo de la mujer. Freud concebía su tarea terapéutica personal como un reencauzamiento de estos signos histéricos a un discurso racional.
Heródoto nos cuenta de una sacerdotisa de Atenas en Pedasa que no usaba el discurso para las profecías, sino que le crecía una barba cada vez que veía que el infortunio llegaba a su comunidad. Heródoto no registra sorpresa por la “conversión somática” (como lo llamaría Freud) del cuerpo profético de esta mujer, ni hubiera llamado a su condición “patológica”. Pero Heródoto era una persona práctica, menos preocupada por descubrir patologías en sus sujetos históricos que en felicitarlos por brindar “otredad” al uso cultural. Y la anécdota sí nos da una fuerte imagen de cómo la cultura antigua construía la “otredad” de la mujer.
La mujer es una criatura que muestra lo interior en el exterior. Por proyecciones y filtraciones de todo tipo —somáticas, vocales, emocionales y sexuales—, las mujeres exponen o expenden lo que debería guardarse dentro. Las mujeres dejan escapar una traducción directa de lo que debería ser formulado indirectamente. Hay una historia sobre la esposa de Pitágoras, quien una vez se descubrió el brazo; alguien comentó “Lindo brazo” y ella contestó: “¡No es propiedad pública!”. El comentario de Plutarco a esta historia es: “El brazo de una mujer virtuosa no debería ser propiedad pública, ni su discurso, y debería modestamente cuidarse de exponer su voz a los extraños, como debería cuidar que su ropa no se deslice. Esto porque en su voz, mientras ella grita, se pueden leer emociones, su carácter y su condición física”.
A pesar de sí, la mujer de Plutarco tiene una voz que actúa como una lengua de signos y que expone sus hechos internos. Psicólogos antiguos desde Aristóteles, y a lo largo del incipiente Imperio romano, nos dicen que un hombre puede saber datos privados por el sonido de la voz de una mujer, como si está menstruando o no, o si tiene experiencia en su vida sexual. Aunque es útil saber estas cosas, podría ser malo escucharlas o incomodarían a los hombres. Lo que es pernicioso de esta lengua de señas es que permite una continuidad directa entre lo interior y lo exterior. Esta continuidad es espantosa para la naturaleza del hombre. La virtud masculina de sofrosine o autocontrol tiende a obstruir esta continuidad, a disociar la superficie exterior de un hombre con lo que ocurre dentro de él. El hombre rompe la continuidad al interponer el logos —cuyo censor más importante es la articulación racional del sonido.
Cada sonido que emitimos es un poco una autobiografía; tiene un interior totalmente privado pero su trayectoria es pública. Una parte de adentro es proyectada hacia afuera. Censurar estas proyecciones es una tarea de la cultura patriarcal que (como hemos visto) divide la humanidad en dos especies: aquellos que pueden censurarse a sí mismos y aquellos que no.
Para explorar algunas de las implicaciones de esta división, consideremos cómo es que Plutarco describe la historia de la esposa de un político que es puesta a prueba por su esposo. El político inventa una historia loca y una mañana se la cuenta a su esposa en secreto. “Ahora, mantén tu boca cerrada sobre esto”, le advierte. La esposa, de inmediato, le cuenta la historia a su sierva. “Ahora, mantén tu boca cerrada sobre esto”, le dice a la sierva, quien enseguida se lo cuenta a toda la ciudad y, antes del mediodía, el político escucha su propia historia de vuelta. Plutarco concluye esta anécdota diciendo: “El esposo había tomado precauciones y medidas cautelares para probar a su esposa, como uno puede probar una si una vasija está agrietada no llenándola con aceite o vino, sino con agua”. Plutarco compara esta anécdota con una historia sobre actos de habla masculinos. Es una descripción de un amigo de Solón llamado Anacarsis:
Al valorar las implicaciones de los sonidos de un género para una sociedad como la de los antiguos griegos, tenemos que tomarnos con seriedad la conexión que Plutarco hace entre la continencia verbal y la sexual, entre la boca y los genitales. Porque resulta que esa conexión es muy diferente para los hombres y para las mujeres. La virtud masculina de autocensura con la que Anacarsis responde a sus impulsos interiores, se muestra simplemente como no disponible para las mujeres.
Plutarco nos recuerda más adelante en el ensayo que la sofrosine perfecta es un atributo del dios Apolo, cuyo epíteto Loxias significa que es un dios de pocas palabras y expresión concisa, no uno que habla de más. Ahora, cuando una mujer habla de más, hay mucho más en juego que un desperdicio de palabras: la imagen del jarrón de agua cuarteado con el que Plutarco concluye su primera anécdota, es una de las figuras más comunes en la literatura antigua para representar a la sexualidad femenina.
Las formas y los contextos de esta representación (el jarrón de agua cuarteado de la sexualidad femenina) han sido estudiados por otros académicos, incluyéndome, así que pasemos directo al corazón, o más bien a la boca de la materia.
Es un antiguo axioma griego y romano de la teoría médica y la discusión anatómica que una mujer tiene dos bocas: el orificio por el cual se genera la actividad vocal y el orificio por el cual se realiza la actividad sexual. Ambos son denotados por la palabra stoma en griego (os en latín) con la adición de los verbos ano o kato para diferenciar la boca de arriba de la de abajo. Las bocas vocal y genital están conectadas al cuerpo por un cuello (auchen en griego, cervix en latín). Ambas proveen acceso a una cavidad hueca que es custodiada por unos labios que es mejor dejar cerrados. Los antiguos escritores médicos no sólo aplicaron términos homólogos, sino también medicamentos paralelos para las bocas superior e inferior en algunos casos de mal funcionamiento uterino. Estos médicos notaron con interés, como muchos poetas y escolásticos, síntomas de respuesta fisiológica entre la boca superior y la inferior; por ejemplo, que un exceso o bloqueo de sangre en el útero se muestra como estrangulamiento o pérdida de la voz; que demasiados ejercicios vocales resultan en la pérdida de menstruación, y que la defloración provoca que el cuello de una mujer se engrose y que su voz se profundice.
“Con una voz pura y aguda porque aún no ha sido atacada por el toro”, describe Esquilo a Ifigenia (Agamenón). La voz cambiada y la garganta engrosada de la mujer que se ha iniciado sexualmente son una creciente proyección de cambios irrevocables en la voz inferior. Una vez que la vida sexual de una mujer empieza, los labios del útero nunca se cierran por completo de nuevo —excepto en una ocasión, como lo explican los escritores médicos: en su tratado de ginecología, Sorano describe las sensaciones que una mujer experimenta durante un encuentro sexual fructífero. Al momento de la concepción, alega el doctor helénico Sorano, la mujer tiene una sensación escalofriante de que la boca de su útero se cierra en su semilla. Esta boca cerrada, y el buen silencio de la concepción que protege y significa, también provee el modelo de decoro para la boca superior. Sófocles citaba con frecuencia el dictado “El silencio es el kosmos de la mujer”, que tiene su análogo antiguo en los amuletos que muestran un útero equipado con un candado en la boca.
Cuando no está sellada, la boca puede abrirse y dejar salir cosas innombrables. Los mitos griegos, la literatura y el culto muestran rastros de ansiedad cultural por la eyaculación femenina. Por ejemplo, está la historia de Medusa, quien, cuando su cabeza fue cortada por Perseo, dio a luz a un hijo y a un caballo volador a través de su cuello. O, de nuevo, la inquieta y locuaz ninfa Eco, con seguridad la mujer más ambulante de la mitología griega. Cuando Sófocles la llama “la niña sin puerta en la boca”, podemos preguntarnos a qué boca se refiere, especialmente dado que la leyenda griega casó al final a Eco con el dios Pan, cuyo nombre implica la unión conyugal con todas las cosas vivas.
También deberíamos considerar la rara práctica llamada aischrologia, que ha sido explicada de distintas maneras. Aischrologia significa “decir cosas feas”. Algunos festivales de mujeres incluían un intervalo en el que las mujeres se gritaban comentarios groseros, obscenidades o bromas sucias entre sí. Los historiadores de la religión clasifican estos rituales de malos sonidos como alguna especie frazeriana de fertilidad mágica o como un tipo de bufonería vulgar pero alentadora en la que (como dice Walter Burkert) “se juega con el antagonismo entre los sexos y se encuentra alivio”. Pero el hecho es que, por lo general, los hombres no eran bienvenidos en estos rituales y la leyenda griega contiene más de unas cuantas historias de advertencia sobre hombres castrados, desmembrados o muertos cuando se topaban con una de estas ceremonias por error.
Estas historias sugieren una acumulación de furia sexual detrás del blando rostro de la bufonería religiosa. La sociedad antigua estaba feliz de que las mujeres drenaran esas tendencias desagradables y emociones salvajes en un ritual hermético. La estrategia aquí es catártica, basada en una suerte de división psicológica de trabajo entre los sexos, como Pseudo-Demóstenes lo menciona en una referencia al ritual ateniense llamado Choes. La ceremonia del Choes se llevaba a cabo el segundo día del festival dionisiaco Anthesteria. Se realizaba una competencia entre los asistentes para drenar una jarra gigante de vino y concluía con un simbólico (o quizá no) acto de unión sexual entre el dios Dionisio y una mujer representativa de la comunidad. A esta persona se refiere Demóstenes al decir “Ella es la mujer que descarga las cosas indecibles por el bien de la ciudad”.
Detengámonos un momento en esta antigua labor femenina de descargar las cosas indecibles por el bien de la ciudad, y en las estructuras que la ciudad levanta para contener dicho discurso.
Una estructura ritual como la aischrologia es difícil de definir, porque en una sola actividad catártica colapsan dos aspectos diferentes de la producción del sonido. Hemos notado esta táctica combinatoria a lo largo de las discusiones de la voz de casi toda la Antigüedad y algunas de la Modernidad: es molesto escuchar el sonido femenino tanto porque la calidad de la voz de la mujer es censurable, como porque la mujer la usa para decir cosas que no deben ser dichas. Cuando estos dos aspectos se funden, algunas cuestiones importantes sobre la distinción entre las características esenciales y las construidas del ser humano se borran en una circularidad. Hoy en día, la referencia sexual en el lenguaje es un tema de diversos alcances y está en un debate que no ha sido resuelto. Se dice que los sonidos emitidos por las mujeres tienen diferentes patrones de flexión, diferentes rangos de entonación, diferentes preferencias sintácticas, diferentes campos semánticos, diferente dicción, diferentes texturas narrativas, diferentes tipos de comportamiento y diferentes fuerzas contextuales que los de los hombres.
Algunos vestigios atractivos de antiguas muestras de estas diferencias pueden ser leídos, por ejemplo, en algunas menciones de Aristófanes al “lenguaje de la mujer”, que el hombre puede aprender o imitar si quiere (Thesmophoriazousai), o de la conspicua construcción onomatopéyica de llantos femeninos como el ololyga y en nombres femeninos como Gorgo, Baubo, Eco, Siringa e Ilitía. Pero, en general, no se puede extraer una cuenta clara de la Antigüedad de nociones estratégicamente ambiguas como la homologación de la boca femenina y sus genitales, o de actividades estratégicamente ambiguas como el ritual de la aischrologia. Lo que sí emerge es un consistente paradigma de respuesta a la otredad de la voz. Es un paradigma que se forma a sí mismo como catarsis.
Como tal, el ritual griego de la aischrologia tiene algún parecido con el procedimiento desarrollado por Sigmund Freud y su colega Josef Breuer para tratar a las mujeres histéricas. En Estudios sobre la histeria, Freud y Breuer usan el término “catarsis” y también el de “cura de conversación” para esta terapia revolucionaria. En la teoría freudiana, las pacientes con histeria son mujeres que tienen memorias o emociones negativas atrapadas dentro de sí como una contaminación. Freud y Breuer se consideran capaces de drenar esa contaminación al poner a las mujeres en un estado de hipnosis para que hablen de las cosas de las que nunca hablan. Las mujeres hipnotizadas producen algunos sonidos notables. Una de las mujeres en los estudios de caso descritos por Freud al principio, sólo puede cloquear como gallina; otra insiste en hablar en inglés aunque sea vienesa; otra utiliza lo que Freud llama “parafasia”. Pero todos los casos son canalizados en algún punto por el psicoanalista a la narrativa conectada y la exégesis racional de los síntomas histéricos. Freud y Breuer afirman que los síntomas desaparecen, limpiados por este simple ritual catártico de drenar los malos sonidos de las cosas de las que no se habla. Aquí, Josef Breuer describe su interacción con la paciente, quien aparece bajo el seudónimo Anna O.:
Así lo llamemos “deshollinar la chimena”, aischrologia, ritual de lamento funeral, hullabaloo o mujeres riéndose como un bistec, el mismo paradigma de respuesta es evidente. Como si todo el género femenino fuera una mala memoria colectiva de cosas de las que no se habla, y el orden patriarcal, un bienintencionado psicoanalista que parece concebir su responsabilidad terapéutica como la canalización de este mal sonido a contenedores políticamente apropiados.
En apariencia ambas bocas femeninas, la superior y la inferior, necesitan de esta acción controladora. Freud menciona con timidez en una nota al pie de Estudios sobre la histeria que Josef Breuer tuvo que suspender su relación analítica con Anna O. porque “de pronto, ella manifestó hacia Breuer una fuerte y positiva presencia de transferencia de naturaleza sexual inconfundible”. No fue sino hasta 1932 que Freud reveló (en una carta a un colega) lo que en realidad había pasado entre Breuer y Anna O.: Fue la tarde de la última entrevista con ella que Breuer entró al departamento de Anna y la encontró en el piso con dolor abdominal. Cuando le preguntó qué tenía, ella le contestó que estaba a punto de dar a luz al hijo de él. Fue este “suceso desafortunado”, como Freud lo llama, lo que causó que Breuer retrasara la publicación de Estudios sobre la histeria de 1881 a 1895 y que, al final, lo llevó a abandonar la colaboración con Freud. Incluso la cura de conversación debe permanecer en silencio cuando ambas bocas femeninas están hablando al mismo tiempo.
Es confuso y vergonzoso tener dos bocas. La cacofonía genuina es el sonido producido por ellas. Consideremos un ejemplo más de la Antigüedad de la cacofonía femenina en su momento más confuso y vergonzoso. Hay un grupo de estatuas de terracota recuperadas de Asia menor y datadas en el siglo IV a.C. que representan el cuerpo femenino en una alarmante forma de cortocircuito. Cada una de estas estatuas es una mujer que consiste en casi nada más que sus dos bocas. Ambas bocas están soldadas juntas en una masa inarticulada que excluye cualquier otra función anatómica. Además, la posición de las dos bocas está invertida. La boca de arriba, para hablar, está colocada en la parte inferior de la panza de la estatua; la boca inferior o genital se abre arriba de la cabeza. Los iconógrafos identifican este monstruo con la mujer vieja llamada Baubo, que aparece en la leyenda griega como un alomorfo de la vieja Yambe (en el mito de Deméter) y es una suerte de santa patrona en el ritual de aischrologia.
El nombre Baubo tiene un doble significado. De acuerdo con el Greek-English Lexicon, el nombre baubo es usado como sinónimo de koilia, que denota al útero femenino pero que, como pieza de sonido, deriva de baubau, la onomatopeya griega del ladrido de los perros. La acción mítica de Baubo también tiene un doble significado. Como la vieja Yambe, Baubo se caracteriza en la leyenda por el gesto doble de quitarse la ropa para mostrar sus genitales y gritar lenguaje obsceno y bromas. El grito de Baubo provee una etiología para el ritual de la aischrologia. Su acción de mostrar los genitales también podría haberse transformado en el culto como una acción ritual llamada anasyrma (el “levantamiento” de la falda). Si es así, entonces podríamos entender esta acción como un tipo de gesto visual o un ruido proyectado hacia ciertas circunstancias para cambiarlas o desviarlas al modo de una expresión apotropaica.
Plutarco describe el uso del anasyrma de las mujeres en circunstancias asediadas: para repeler al enemigo, se paran en algún muro de la ciudad y levantan su vestido para exponer cosas indecibles. Plutarco aprecia esta acción de exposición de las mujeres como un ejemplo de virtud en su contexto.
Pero la supuesta tendencia de las mujeres de poner lo de adentro en lo de afuera, podría provocar una reacción bastante distinta. Las estatuas de Baubo son una fuerte evidencia de esa reacción. Esta Baubo nos presenta un simple diagrama caótico de la indignantemente manipulable identidad femenina. La duplicación e intercambiabilidad de las bocas, engendrar una criatura en quien el sexo es cancelado por el sonido y el sonido es cancelado por el sexo. Esto parece una respuesta perfecta a todas las preguntas que se presentan y los peligros planteados por la confusa y vergonzosa continuidad de la naturaleza femenina. Las bocas de Baubo se apropian la una de la otra.
Los historiadores culturales difieren en cuanto al significado de estas estatuas. No tienen información certera del género, la intención o el estado mental de las personas que las hicieron. Sólo podemos adivinar su propósito como objetos u obras de arte. En lo personal las encuentro feas, confusas y casi graciosas, como la revista Playboy en su actual predilección por colocar fotografías centradas de mujeres desnudas con largos e intensos artículos empáticos sobre feministas de alto perfil. Esto, más bien, es un oxímoron. Hay una muerte del significado al colocar estas falsedades —cada una de ellas, la mujer desnuda y la feminista— como un constructo social comprado y mercantilizado por la revista Playboy para hacer más fácil esa fantasía de la virtud del hombre, que los antiguos griegos llamaban sofrosina y que Freud llamaba represión.
Al considerar la pregunta de cómo nuestras presunciones sobre el género afectan la manera en la que escuchamos el sonido, he planteado mi red de una forma más bien amplia, y he mezclado evidencia de distintos periodos de tiempo y de diferentes expresiones culturales, en una manera que algunos revisores de mi trabajo desechan como ingenuidad etnográfica. Yo creo que hay un lugar para la ingenuidad en la etnografía, al menos como un lugar irritante. A veces, cuando leo textos griegos, me fuerzo a buscar todas las palabras en un diccionario, inclusive las que conozco. Es sorprendente lo que uno aprende así. Algunas palabras terminan sonando muy distinto de lo que una pensaba. A veces, la manera en la que suenan puede llevarte a preguntarte cosas que de otro modo no te habrías preguntado. Últimamente, he empezado a cuestionarme acerca de la palabra griega sofrosina. Me pregunto sobre este concepto de autocontrol y si en realidad es, como los griegos pensaban, una respuesta a muchas de las preguntas sobre la bondad humana y los dilemas de la civilidad. Me pregunto si no podría haber otra idea del orden humano que la represión, otra noción de la virtud humana que no sea el autocontrol, otro tipo de humano que uno basado en la disociación interior y exterior. O, en efecto, otra esencia humana que el ser.
El género del sonido de Anne Carson
Traducción por Valeria List
Es en gran medida por los sonidos que juzgamos a las personas como sanas o insanas, hombres o mujeres, buenas, malvadas, dignas de confianza, depresivas, núbiles, moribundas, proclives o no proclives a causarnos conflictos; un poco mejores que animales, seres creados por dios. Estos juicios son rápidos y pueden ser brutales.
Aristóteles dice que la voz aguda de la mujer es una evidencia de su disposición malvada, pues las criaturas que son valientes o justas (como los leones, los toros, los gallos y la raza humana masculina) tienen voces gruesas y profundas. Si escuchas a un hombre hablando con un tono de voz gentil o agudo, sabes que es un kinaidos (“catamita”).
El poeta Aristófanes hace un giro cómico a este cliché en Las asambleístas: cuando las mujeres atenienses están a punto de infiltrarse en la asamblea ateniense y tomar el control político, la líder feminista Praxágora asegura a sus compañeras activistas que ellas tienen exactamente el tono de voz requerido para esa tarea porque, como dice, “Ustedes saben que entre los hombres jóvenes, los que resultan ser fantásticos oradores son aquellos a los que fornican mucho”.
Esta broma pende del colapso conjunto de dos diferentes aspectos de la producción del sonido: la calidad y el uso de la voz. Muchas veces, encontraremos a los hombres antiguos luchando por asociar estos dos aspectos bajo un rubro general de género. Un tono de voz muy agudo va de la mano con la locuacidad. Lo que caracteriza a una persona que está desviada es que cumple deficientemente con el ideal masculino del autocontrol. Las mujeres, los catamitas, los eunucos y los andróginos se encuentran en esta categoría. Sus sonidos son desagradables y ponen incómodos a los hombres. Esta incomodidad es tal, que Aristóteles se atreve a explicar el género del sonido fisionómicamente, pues termina por circunscribir el tono de voz más bajo del hombre a la tensión que existe en sus cuerdas vocales y sus testículos, cuyo funcionamiento explica como unas pesas que se levantan.
En los tiempos helenísticos y romanos, los doctores recomendaban ejercicios vocales para curar cualquier tipo de dolencia en los hombres con la teoría de que la práctica de la declamación liberaría la congestión de la cabeza y corregiría el daño que los hombres habitualmente se infligen a sí mismos en la vida diaria al usar su voz para emitir sonidos agudos, gritar fuertemente o tener conversaciones baladís (aquí, de nuevo notamos una confusión entre la calidad y el uso vocal). Esta terapia no era recomendada a mujeres, eunucos o andróginos, de quienes se creía que tenían el tipo incorrecto de piel y un alineamiento incorrecto de los poros para la producción de tonos vocales bajos, sin importar cuánto se ejercitaran. Pero para el físico masculino, la práctica vocálica era pensada como una manera efectiva para restaurar el cuerpo y la mente al llevar la voz hacia abajo, a tonos apropiados.
Tengo un amigo que es periodista en la radio y me asegura que estas suposiciones de la voz masculina todavía nos acompañan. Él es gay. Pasó los primeros años de su carrera en la radio defendiéndose de los intentos de los productores por reducir, profundizar y ensombrecer su voz, a la cual describían como “muy sonriente”.
Muy pocas mujeres en la vida pública no se preocupan por que sus voces sean muy altas, muy delgadas o muy estridentes como para infundir respeto. Margaret Thatcher entrenó por años con un coach para hacer que su voz sonara más como las de los miembros honorables y aun así le dieron el apodo de “Atila la gallina”. La analogía de la gallina se remonta a la fama que rodeaba a Nancy Astor, la primera mujer que fue miembro de la Cámara de los Comunes del Reino Unido en 1919, quien era descrita por su colega Sir Henry Channon como “una rara combinación de corazón gentil, originalidad y rudeza… se precipita como una gallina decapitada… intrigando y disfrutando el olor de la sangre… esa bruja loca”.
La locura y la brujería, así como la bestialidad, son condiciones comúnmente asociadas con el uso de la voz femenina en público en los tiempos antiguos y modernos. Considera cuántas mujeres célebres de la mitología clásica, la literatura y el culto son censuradas por la manera en la que usan la voz. Por ejemplo, está el escalofriante rugido del Gorgon, cuyo nombre se deriva del sánscrito garg, que significa “aullido gutural de un animal que se emite como un gran viento desde abajo de la garganta a través de una boca muy distendida”. Están las Furias, cuyos tonos de voz sumamente agudos y voces horrendas son comparadas por Esquilo con los aullidos de los perros y los sonidos de personas siendo torturadas en el infierno (Euménides). Está la voz mortífera de las sirenas y el peligroso ventrilocuismo de Helena (Odisea), y el increíble balbuceo de Cassandra (Esquilo, Agamenón), así como los atemorizantes murmullos de Artemisa mientras va por el bosque (Himno de Homero a Afrodita). Está el discurso seductor de Afrodita, que es una característica tan distintiva de su poder, que lo puede usar en su cinturón como un objeto físico o prestárselo a otras mujeres (Ilíada). Está la mujer vieja de la leyenda eleusina, Yambe, quien chilla obscenidades y se levanta la falda para exponer sus genitales. Está el acechante gorjeo en la ninfa Eco (hija de Yambe en la leyenda ateniense), quien es descrita por Sófocles como “la niña sin puerta en la boca” (Filoctetes).
Poner una puerta en la boca de las mujeres ha sido un proyecto importante de la cultura patriarcal desde la Antigüedad hasta el día de hoy. Su táctica principal es una asociación ideológica del sonido femenino con la monstruosidad, el desorden y la muerte. Consideren esta descripción de uno de los biógrafos de Gertrude Stein: “Gertrude era robusta. Solía rugir de risa, muy fuerte. Tenía una risa como un bistec. Amaba la carne”.
Estos enunciados, con su confusión artificiosa de niveles fácticos y metafóricos, llevan consigo lo que a mí me parece un tufo de puro miedo. Es un miedo que proyecta a Gertrude Stein en el límite entre una mujer, un animal y una monstruosidad. La sonrisa (“tenía una risa como un bistec”) que identifica a Gertrude Stein con ganado es seguida por la aseveración “amaba la carne”, lo que indica que Gertrude Stein comía ganado. Las criaturas que se comen a su propia especie regularmente son llamadas caníbales y son vistas como anormales. Los otros atributos anormales de Gertrude Stein, como su alta estatura y su lesbianismo, eran enfatizados constantemente por los críticos, biógrafos y periodistas que no sabían qué hacer con su escritura. La marginalización de su personalidad era un modo de desviar su escritura de la centralidad literaria. Si es gorda, su aspecto es gracioso y tiene una desviación sexual, debe ser un talento marginal.
Uno de los patriarcas literarios que más le temían a Gertrude Stein era Ernest Hemingway. Es interesante escuchar la historia de cómo terminó su amistad con Gertrude Stein porque no podía tolerar el sonido de su voz. La historia tiene lugar en París. Hemingway la cuenta desde la perspectiva de un expatriado desencantado que se acaba de dar cuenta de que después de todo no puede hacer una vida por sí mismo en la cultura extraña en la que está varado. Un día de primavera de 1924, Hemingway va a ver a Gertrude Stein y le abre la empleada doméstica:
“Tengo que irme”, le dije y traté de no escuchar más mientras me iba pero se seguía escuchando y la única manera que tenía de no escuchar más era yéndome. Era malo oírlo y las respuestas eran peores…
Así terminó para mí, de una manera suficientemente estúpida… Ella se figuraba como un emperador romano y eso está bien si te gusta que tus mujeres se vean como un emperador romano… Al final todos o casi todos se reconcilian para no ser remilgados o justos. Pero yo no podría reconciliarme de verdad, ni en mi corazón ni en mi cabeza. Cuando ya no puedes hacer amigos en tu cabeza es lo peor. Pero era más complicado que eso.
En efecto, es más complicado que eso. Así lo veremos si mantenemos a Ernest Hemingway y Gertrude Stein en mente mientras consideramos otra viñeta sobre un hombre confrontándose con una voz femenina. Ésta es del siglo VII a.C. Es un fragmento lírico del poeta arcaico Alceo de Lesbos. Como Ernest Hemingway, Alceo era un escritor expatriado. Había sido expulsado de su ciudad natal Mitilene por insurgencia política y su poema es un lamento solitario y desmoralizado desde el exilio. Como Hemingway, Alceo personifica sus sentimientos de alienación en la imagen de sí mismo como un hombre en la antesala de la alta cultura, que es sometido al perturbador estrépito de voces de mujeres en la habitación de al lado:
quisiera oír a la Asamblea
y el Consejo que me llaman
oh, Agesilao
—lo que mi padre y el padre de mi padre
gozaron al envejecer—
soy un marginado
entre estos ciudadanos que se atacan
como Onomacles, vivo un exilio en lo más aislado
he erigido mi casa en soledad
en los linderos de los lobos…
…Moro con los pies fuera de la maldad
donde lesbianas en concursos de belleza
vienen y van con sus batas que cuelgan
y alrededor reverbera
el insólito eco de aullidos terribles de mujeres (ololygas)…
Éste es un poema de una soledad radical que Alceo enfatiza con un oxímoron. “He erigido mi casa (eoikesa) en soledad (oios)” dice, pero estas palabras no tendrían mucho sentido para alguien que lo escuchara en el siglo VII. El verbo eoikesa está construido por el sustantivo oikos, que denota la compleja relación de espacios, objetos, parientes, sirvientes, animales, rituales y emociones que constituyen la vida de una familia en la polis. Un hombre sólo no puede constituir un oikos.
La condición de oxímoron de Alceo es reforzada por el tipo de criaturas que lo rodean. Lobos y mujeres han reemplazado a “mi padre y el padre de mi padre”. El lobo es un símbolo convencional de la marginalidad en la poesía griega. El lobo es un forajido, vive más allá de los límites de la marca cultivada y habitada que se denomina polis, en ese espacio que no es la tierra de nadie llamada apeiron (“lo desvinculado”). Las mujeres, en la perspectiva antigua, comparten este territorio espiritual y metafóricamente en virtud de una afinidad “natural” femenina por todo lo que es inmaduro, informe y en la necesidad de ser civilizado por las manos del hombre. Así, por ejemplo, en el documento citado por Aristóteles llamado “La tabla pitagórica de los opuestos”, encontramos los atributos de lo curvo, lo oscuro, lo secreto, lo malvado, lo que está en movimiento perpetuo, lo que se contiene a sí mismo y lo que no tiene límites identificado con las mujeres y dispuesto contra lo recto, lo ligero, lo honesto, lo bueno, lo estable, lo autocontenido y firmemente limitado con el lado masculino (Aristóteles, Metafísica).
Imagino que la jerarquización de estas polaridades no es nueva para ustedes, ahora que las historiadoras clásicas y las feministas han pasado los últimos diez o quince años codificando los argumentos con los que los pensadores de la antigua Grecia se convencieron a sí mismos de que las mujeres pertenecen a una raza distinta que la de los hombres. Pero me interesa que la radical otredad de lo femenino es experimentada por Alceo (y por Hemingway) en la forma de las voces de mujeres profiriendo sonidos que los hombres están indispuestos a escuchar. ¿Por qué es tan malo escuchar el sonido femenino? El sonido que Alceo escucha es el de las mujeres locales de Lesbia que conducen concursos de belleza y hacen que el aire reverbere con sus gritos. Conocemos los concursos de belleza de las mujeres de Lesbia por una nota en un escolio iliádico que dice que era una fiesta anual celebrada en honor a Hera.
Alceo menciona los concursos de belleza para remarcar el nivel prodigioso de ruido y, al hacerlo, dibuja su poema como una composición tonal. El poema empieza con el sonido urbano y ordenado de un heraldo que convoca a los ciudadanos masculinos a sus asuntos cívicos y racionales en la Asamblea del Consejo. El poema termina con un eco sobrenatural de mujeres chillando en el territorio de los lobos. Más aún, las mujeres emiten un tipo particular de aullido, el ololyga. Éste es un grito ritual de las mujeres. Es un penetrante grito agudísimo proferido en ciertos momentos climáticos de las prácticas rituales (por ejemplo, cuando se corta la garganta de la víctima durante un sacrificio) o en momentos climáticos de la vida real (por ejemplo, cuando nace un niño) y también es un rasgo común de los festivales de mujeres.
El ololyga, con su verbo cognado ololyzo, pertenece a una familia de palabras que incluyen eleleu con su cognado elelizo, y alala con su cognado alalazo; probablemente sea de origen indoeuropeo y, evidentemente, es de derivación onomatopéyica. Estas palabras no significan otra cosa más que su propio sonido. El sonido representa un llanto de intenso placer o intenso dolor. Emitir estos llantos es una función especialmente femenina. Cuando Alceo se encuentra rodeado por el sonido del ololyga, nos está diciendo que está completa y genuinamente fuera de los bordes. Ningún hombre haría ese sonido; ningún espacio cívico regulado lo contendría. Los festivales femeninos en los cuales estos llantos rituales fueron escuchados generalmente no podían realizarse dentro de los límites de la ciudad, sino que eran relegados a áreas suburbanas como las montañas, las playas o las azoteas de casa donde las mujeres podían divisarse a sí mismas sin contaminar los oídos o el espacio cívico de los hombres.
Para Alceo, estar expuesto a ese sonido es una condición de desnudez política tan alarmante como el arquetipo de Odiseo, quien despierta sin ropa en un matorral en la isla de Esqueria en el sexto libro de la Odisea de Homero, rodeado por el grito de mujeres. “¡Qué balbuceos de mujeres vienen a mí!”, exclama Odiseo, y empieza a fantasear qué tipo de salvajes o seres sobrenaturales pueden estar haciendo tanto escándalo. Las salvajes, por supuesto, resultan ser Nausícaa y sus amigas jugando en la ribera, pero lo que es interesante en este escenario es la asociación automática de Homero del desorden femenino con el espacio silvestre, lo salvaje y lo sobrenatural. Nausícaa y sus amigas son brevemente comparadas por Homero con las dos niñas salvajes que vagan en las montañas acompañando a Artemisa, una diosa que también es notoria por los sonidos que emite, si podemos juzgarlo por sus epítetos homéricos. Artemisa es calificada como keladeine, una palabra derivada del sustantivo kelados, que remite a un rugido fuerte como el del viento, el agua caudalosa o el tumulto de una batalla. Artemisa también es llamada iocheaira, que usualmente es etimologizado para decir “la que lanza las flechas” (donde ios significa flechas), pero también podría venir del sonido exclamatorio io, y significaría “la que emite el llanto ‘¡IO!’”.
A las mujeres griegas de los periodos clásicos arcaicos se les alentaba a no proferir cualquier tipo de llanto sin regulación dentro de los espacios cívicos de la polis o en el rango de escucha de los hombres. En efecto, la masculinidad en esa cultura se define por sus usos diferentes del sonido. La continencia verbal es un rasgo esencial de la virtud masculina sophrosyne (“prudencia, solidez mental, moderación, templanza y autocontrol”), que ordena la mayor parte del pensamiento patriarcal o de los asuntos éticos o emocionales. Con frecuencia, se dice que la especie de la mujer carece del principio de ordenamiento de la sofrosine.
Freud formula sucintamente el doble estándar en un comentario a un colega: “Un hombre que piensa es su propio legislador y confesor, y obtiene su propia absolución, pero las mujeres… no tienen la medida de la ética para sí mismas. Sólo pueden actuar si mantienen los límites de la moralidad, siguiendo lo que la sociedad ha establecido como adecuado”. Así también, discusiones antiguas de la virtud del sofrosine demuestran que, cuando es aplicado a las mujeres, este mote tiene una definición diferente que para los hombres. La mujer sofrosine es relacionada con la obediencia femenina al hombre y en raros casos significa otra cosa que la castidad. Cuando sí significa más, la alusión con frecuencia es al sonido. Un esposo que quiere convencer a su esposa o concubina de ejercitar la sofrosine, probablemente quiere decirle “¡Guarda silencio!”.
La heroína pitagórica Timycha, que prefería morderse la lengua antes que decir algo erróneo, es considerada una excepción a la regla femenina. En general, las mujeres de la literatura clásica son una especie propensa a la desordenada e incontrolable salida del sonido —a gritar, gemir, sollozar, emitir lamentos estridentes, reírse muy fuerte, gritar por dolor o placer y a tener brotes de emoción bruta en general—. Como Eurípides lo plantea, “Es un placer innato de las mujeres que su corriente de emociones suba por su boca y salga por su lengua” (Andrómaca). Cuando un hombre permite que su corriente de emociones suba por su boca y salga por su lengua, está feminizado. Heracles agoniza al final de Las traquinias al encontrarse a sí mismo “llorando como una niña, mientras que antes yo solía seguir el curso de mi dificultad sin un gemido pero ahora, en sufrimiento, me descubro como una mujer”.
Es una asunción fundamental de estos estereotipos de género que un hombre, en su condición de sofrosine, es capaz de disociarse de sus propias emociones y así controlar sus sonidos. Resulta una asunción corolaria que el deber cívico propio de un hombre hacia la mujer es controlar su sonido, en la medida en que ella no puede controlarse. Observamos un momento que sintetiza esta benevolencia masculina en el Libro XXII de la Odisea, cuando la vieja Euriclea entra al comedor y encuentra a Odiseo bañado en sangre y rodeado por los pretendientes muertos. Euriclea levanta la cabeza y abre la boca para proferir un ololyga. Entonces, Odiseo levanta una mano y cierra su boca diciendo, ou themis: “No está permitido que grites ahora, regocíjate internamente…”.
Cerrar las bocas de las mujeres era el objeto de un complejo acuerdo de legislación y convención en la Grecia preclásica y clásica, del cual los ejemplos mejor documentados son las leyes suntuarias de Solón y el concepto nuclear es la afirmación genérica de Sófocles, “El silencio es el kosmos [buen orden] de las mujeres”. Las leyes suntuarias promulgadas por Solón en el siglo VI a.C. tenían como efecto, nos dice Plutarco, “prohibir todos los desórdenes y excesos bárbaros de las mujeres en sus festivales, procesiones y ritos funerarios”. La responsabilidad de los lamentos funerarios ha pertenecido a las mujeres desde la Antigüedad de Grecia. En la Ilíada de Homero, vemos a las mujeres troyanas, capturadas en el campamento de Aquiles, obligadas a llorar por Patroclo. Aun así, los formuladores de las leyes de los siglos V y VI, como Solón, sufrían lo suficiente como para restringir estas efusiones femeninas a un sonido y una expresión emocional mínima.
La retórica oficial de los legisladores es instructiva, tiende a denunciar los malos sonidos como una enfermedad política (nosos) y habla de la necesidad de purificar los espacios cívicos de esta contaminación. El sonido en sí es visto como un medio de purificación pero también como contaminación. Así, por ejemplo, el legislador Carondas, como Solón, estaba preocupado por regular los ruidos femeninos y puso atención en el ritual funerario. Las leyes se promulgaban especificando la locación, la hora, la duración, las personas, la coreografía y el contenido musical y verbal de los lamentos funerarios de las mujeres sobre la base de que “los sonidos duros y barbáricos” eran estímulos para “desorden y licencia” (como lo plantea Plutarco). Se consideraba que los sonidos femeninos despertaban y generaban la locura.
Detectamos, aquí, una cierta particularidad en el razonamiento: Si las manifestaciones públicas de las mujeres son encerradas a perpetuidad en las instituciones culturales como lamentos rituales; si las mujeres regularmente son reasignadas a expresiones de sonidos irracionales como el ololyga y las emociones naturales en general, entonces la tendencia tan llamada “natural” a los gritos de las mujeres, a los lamentos, los llantos, la exhibición emocional y el desorden oral no pueden evitar convertirse en profecías autocumplidas. Pero la circularidad no es lo más ingenioso de este razonamiento. Deberíamos ver un poco más de cerca la ideología que subyace al horror masculino del sonido femenino. Y en este punto se vuelve importante distinguir el sonido del lenguaje.
Lee la segunda parte aquí.
Modos de ver – John Berger
I.
La vista llega antes que las palabras. El niño mira y ve antes de hablar.
Pero esto es cierto también en otro sentido: la vista establece nuestro lugar en el mundo circundante. Explicamos ese mundo con palabras, pero las palabras nunca anulan el hecho de que estamos rodeados por él. Nunca se ha establecido de forma estable la relación entre lo que vemos y lo que sabemos. Todas las tardes vemos ponerse el sol. Sabemos que la Tierra gira alrededor de él. Sin embargo, el conocimiento nunca se adecua completamente a la visión. El pintor surrealista Magritte comentaba esta brecha constante entre las palabras y la visión en un cuadro titulado «La clave de los sueños».
Lo que sabemos o creemos afecta el modo en que vemos. En la Edad Media, cuando se creía en la existencia física del infierno, ver fuego significaba algo muy distinto de lo que significa hoy. Sin embargo, esa idea del infierno se nutría también de la visión del fuego, del poder de las llamas y las cenizas, y de la experiencia de las quemaduras.
Cuando se ama, la vista del ser amado tiene un carácter de absoluto que ninguna palabra o gesto puede igualar, salvo, a veces, el acto de hacer el amor. Pero el hecho de que la vista llegue antes que el habla no implica que sea una reacción mecánica. Solamente vemos aquello que miramos. Y mirar es un acto voluntario. Como resultado, lo que vemos queda a nuestro alcance, aunque no necesariamente al de nuestro brazo.
Nunca miramos solo una cosa; siempre miramos la relación entre las cosas y nosotros mismos. Nuestra visión está en movimiento constante, aprendiendo siempre, girando alrededor de sí misma, constituyendo lo que está presente para nosotros según lo que somos.
Poco después de poder ver, somos conscientes de que también podemos ser vistos. El ojo del otro se combina con nuestro ojo para dar plena credibilidad al hecho de que formamos parte del mundo visible.
Si aceptamos que podemos ver una colina, postulamos al mismo tiempo que podemos ser vistos desde ella. La naturaleza recíproca de la visión es más fundamental que la del diálogo hablado. Muchas veces, el diálogo es un intento de verbalizar esto, de explicar cómo, metafórica o literalmente, «vemos las cosas» o «nos ven».
Todas las imágenes a las que se refiere este libro son de factura humana. Una imagen es una visión recreada o reproducida. Es una apariencia separada del lugar y del momento en que apareció por primera vez, y preservada durante un instante o siglos.
Toda imagen encarna un modo de ver. Incluso una fotografía. Porque las fotografías no son un registro mecánico puro: cada elección del encuadre, cada disparo, implica una elección entre muchas posibilidades. Esto es válido incluso para la más espontánea de las instantáneas familiares. El modo de ver del fotografo se refleja en su elección del tema. El del pintor, en sus marcas sobre el lienzo o papel.
Nuestra percepción de una imagen depende también de nuestro propio modo de ver. Una figura puede pasar inadvertida o captar toda nuestra atención por razones personales. Las imágenes se hicieron al principio para evocar lo ausente. Luego se comprendió que podían sobrevivir al objeto representado, mostrar su aspecto y cómo fue visto por otros. Con el tiempo, se reconoció también que la visión del hacedor de imágenes formaba parte del registro. Así, una imagen es también un registro del modo en que alguien vio a otro.
Desde el Renacimiento, en Europa, existe una conciencia de la individualidad y de la historia. Ningún otro tipo de reliquia o texto puede ofrecer un testimonio tan directo de lo que rodeó a otras personas en otras épocas como una imagen. Las imágenes son más precisas y ricas que la literatura en ese sentido.
Cuando se presenta una imagen como una «obra de arte», se la mira de una forma condicionada por un conjunto de suposiciones aprendidas sobre el arte: sobre la belleza, la verdad, la forma, el genio, la civilización, el gusto. Muchas de estas suposiciones ya no se ajustan al presente y oscurecen el pasado, en lugar de aclararlo. Mistifican.
El pasado no es algo intacto esperando ser descubierto, sino una relación entre presente y pasado. El miedo al presente mistifica el pasado. Y esa mistificación produce una doble pérdida: las obras parecen innecesariamente remotas, y el pasado deja de ofrecer conclusiones ú-tiles para actuar.
Cuando «vemos» un paisaje, nos situamos en él. Si «viéramos» el arte del pasado, nos situaríamos en la historia. Cuando se nos impide verlo, se nos priva de esa historia. ¿A quién beneficia esta privación?
El arte del pasado se mistifica porque una minoría privilegiada inventa una historia que justifique su posición. Esta mistificación es inevitable mientras el pasado se use para sostener una jerarquía que ya no tiene sentido.
Tandil Octubre 1997
Recital de los Redondos
Crónica: los hombres de barro
Entonces comprendimos
que la lluvia también era hermosa
Raúl González Tuñón
Llegamos con esa lluvia de días
fuimos reconocidos como nómades extranjeros
por los ojos abatidos de la ciudad de Tandil
(veníamos del estigma de Olavarría)
¿y si estos negros de mierda incendian todo? se escuchaba…
como los expedicionarios de Ray Bradbury en Venus
ya teníamos la piel blanca
y los ojos transparentes cuando llegamos al estadio.
los estandartes eran verdaderos trapos
y en las gradas montamos las tolderías
(recuerdo que con una inmensa bandera de River)
armamos una caverna para guarecernos
“no importa si soy tripa” pensé
nada importaba nada de nada
vimos telas de un rojo desteñido
como rastros de batallas antiguas
acariciando el viento
pasamos la tarde ahí
infinita y fría
mirando a las hordas que entraban cantando
ditirambos desentonados
como el coro espectral de Hécate
regresando del diluvio
niñas de ojos congelados
y sonrisas endurecidas por el polvo
ejércitos cansados somos me dije
llovidos
pero cantábamos igual los himnos previos
con las voces húmedas
cantábamos
mientras preparábamos nuestros cuerpos para el ritual
¿de dónde vienen las voces?
retumban demasiado para ser reales
¿a dónde van
están vivas
son nuestras?
el campo era una pileta oscura
un lago con monstruo adentro
como la de los sueños de catástrofes
que a veces tuve
que a veces tengo
y siempre voya tener
había un oleaje suave
entre esos seres y sus sombras.
las luces dejaban ver la cortina de agua
y en un momento
el cielo desprendió un rayo que cortó el aire
las bandas en el lodazal bailaban en ronda
vi hombres de barro
siluetas emerger de ese fango luctuoso y blando
armando figuras de arcilla
constelaciones sin brillo
eran éramos
estatuas moviéndose acompasadas
jugando
copulando
y extendían sus brazos al cosmos
con las palmas abiertas
como pájaros
los de las gradas éramos
espectadores fascinados ante la imagen
anacronismo propio del ritual
¿dónde estamos?
regresión fugaz
las criaturas deambulaban
como seres en un limbo dulce
eran éramos muertos-vivos
tampoco comprendíamos bien
¿quiénes éramos entonces antes después?
en su torpeza las primitivas figuras de barro
no reconocían la presencia de los dioses
si ningún dios respira sobre el mundo me dije
¿y si todos somos los perseguidos y sacrificados
y si nuestras carnes rotas,
cocidas y devoradas
por ese fuego atroz
que enciende y consume
nos volvió para siempre
desposeídos?
Éramos somos seremos almas en pena
a punto de renacer
estaba estoy segura
la carrasca y mi cuerpo se entiendía por sí solos
ya no era víctima
podíamos podía evitar caer en trampas morales retóricas políticas
comunidad trashumante
en plena respiración conjunta
comunidad extranjera desterrada
tarareábamos canciones en un vacío pleno
poesía experiencia poesía
floreció allí la masa madre de la humanidad
de pronto
las bengalas púrpura estallaron
se abrieron mandalas en el espacio
y se plegaron estrellados
algunos colores que nunca vi otra vez
mi ojo estaba alucinado tal vez
recuperábamos algo no sé qué pero era vital y urgente
vi acuarelas violetas rocambolescas sobre las nubes
y hubo ceremonia en la tormenta
ya había tribus aglomeradas en el mar
era la entrada a lo más salvaje
al corazón de las tinieblas
de repente
fue una acerada visión
solo podíamos ver los cráneos
iluminadas por los reflectores magenta del escenario
la espesura de la lluvia era intensa
anestesiaba la cara las manos los pies
y surgieron ríos
entre el alambrado y el campo
que era ya un océano nuevo
flotaban cajas de vino barato infladas
por el torrente gris
peces de cartón
tronaba el mundo adentro y afuera
un pathos apocalíptico invadió el lugar
límite único
definitivo
y nuestros tambores sonaron desde los parlantes
y escuchamos
cómo el grito feroz reiniciaba
el rito y la fábula
el eterno retorno:
y en el corazón del diluvio una voz estriada gritó
-Holaaaaaaaaaaaa
la noche es una las luces múltiples
golpeamos redoblantes mirando a las estrellas para que estas nos obedezcan
y lanzamos proclamas utilizando un lenguaje heredado de esas estrellas
de su purpurina
con el que estamos moldeados
sus órbitas parecían respondernos
estrellas de lujo
¿dónde estamos? entre unos genitales y la muerte
es un puñado de vida y deseo
¡Es tan increíble que a un instante le suceda otro!
Los pies helados de la compañeros como nubes de lluvia sobre las sierras calor cerca de nuestros pechos de nuestras bocas de nuestro sexo.
este fuego es de oktubre no proviene del sol sino del núcleo cálido de la Tierra
las vértebras retornaron al hogar y ya no existió la nostalgia
¿dónde estamos? dóonde preguntamos sobre la alegría
el sitio ya existía pero sin la pregunta
era invisible.
llueve llovía
cuando los neumáticos del mundo atraviesan el charco el agua murmura ¡chsssssst!en el interior de los automóviles pasivos los niños parecen ancianos.
todos estamos vivos aquí
en Las mil y una noches de Patricio Rey.
Eugenia Straccali
En el prólogo se menciona que «la verdad se impone» y que la poeta encuentra su voz en lo residual y lo imaginario. ¿Cómo definís esa verdad poética y cómo te enfrentás a ella en tu proceso creativo?
Pienso que se trata de una verdad que no es anterior al poema sino que se va armando con el correr de la escritura, se trata de ir ubicando en ese proceso las insistencias: cierto sonido o musicalidad de las palabras, las imágenes que se repiten y van derivando en nuevas formas a las que hay que seguirle el rastro y el ritmo. Me gusta mucho la idea de lo residual, de lo que aparentemente no sirve y queda en los márgenes pero lo tenemos encima. Poder hacer algo con lo que sería ´descartable´ es la potencia de la poesía.
El libro dialoga con figuras como el monstruo de Frankenstein o criaturas de bestiarios míticos. ¿Qué representan estos seres en tu poética? ¿Por qué recurrir a lo monstruoso para hablar de lo humano?
Me acuerdo por ejemplo cuando era chiquita que me daba mucho miedo el increíble Hulk. Tendría cuatro o cinco años, empezaba el programa y me escondía abajo de la mesa pero seguía mirando de reojo, seguía escuchando. La cuestión es que lo que nos resulta monstruoso – nunca es lo mismo para todos- nos causa rechazo pero a la vez nos sigue convocando. En el caso de este poemario, creo que lo que fue apareciendo es el miedo a estar ocupando siempre un mismo lugar: uno repetido, gastado…cómo eso nos va atravesando y carcomiendo. Lo divertido fue ir encontrando algunas figuras como animalitos dañinos, que molestan pero en realidad tampoco tienen tanto alcance. La poesía te permite desamarrar algo de ese entramado tan predecible y monótono en el que nos vamos moviendo.
Por otro lado, está también lo verdaderamente terrible y atemorizante que es lo que generamos y venimos proyectando como especie: consumo exacerbado, violencia, hambre, basura.
Muchas imágenes del libro remiten a la infancia, desde los «guardapolvos almidonados» hasta el «primer amor preverbal». ¿Qué papel juega la memoria infantil en tu escritura? ¿Es un refugio, un cuestionamiento o ambos?
La infancia siempre es parte, es inevitable esa marca. No diría un refugio, quizás un tiempo que sigue estando vigente y al que le podemos seguir haciendo preguntas. Lo que me resulta interesante es que suele darse en forma involuntaria, sin forzamientos aparecen recuerdos que quizás no sabíamos que estaban ahí y que tienen su riqueza si encontramos cómo traducirlos al poema.
Se habla de un «balbuceo poético» y de una voz «torpe, fragmentaria». ¿Cómo trabajás esta hibridez en tu poesía, y qué desafíos o libertades te brinda?
La libertad de experimentar con el lenguaje es muy placentera y la poesía es un campo ideal para deformar, enrarecer y trastocar palabras o formas de decir demasiado cristalizadas. Una especie de trastorno del lenguaje, la fuerza poética está en trastornar un poco esos términos que vienen con sus sentidos estancados.
Por otro lado, me da mucha satisfacción llegar a dar con cierto vocabulario que me es ajeno, que no forma parte del bagaje que uso al hablar; cuando por ejemplo irrumpen determinadas palabritas que tienen un significado por lo general no muy conocido. También el hecho de bancarse lo fragmentario e incompleto me parece fundamental, me gusta potenciarlo en un decir a medias o en un decir que sugiere pero que no intenta pedagogizar ni explicarlo todo: lo importante siempre es generar más deseo y fuerza vital. Eso lo que me producen la lectura y escritura, especialmente cuando son compartidas.
El nombre Amabelia aparece como un alter ego poético. ¿Cómo surge este heterónimo y qué significados oculta o revela en tu obra?
En el prólogo se lo propone como un alter ego y esa idea tiene mucho sentido, Amabelia es como el esqueleto de lo que atraviesa casi todo el poemario. En ese nombre están fusionados los dos de pila de mi mamá y, en ese poema, se vuelven flores difíciles de manejar: necesitan cuidado y ternura pero también hay que encontrarles la vuelta para que no se tornen invasivas, aprender a desmalezarlas, ponerlas en su lugar. Lo interesante -más allá de o biográfico- es encontrar de qué forma se pueden ir plasmando esos vicios, esas fijaciones que todos tenemos en el poema…y en este caso se terminaron volviendo criaturitas.
Describís la incomodidad como algo que «perturba y después alivia». ¿Creés que la poesía debe incomodar al lector para ser efectiva? ¿Cómo buscás ese equilibrio entre lo perturbador y lo bello?
Esa es otra cuestión que se señala en el prólogo y que comparto porque lo primero que perturba la poesía es el lenguaje, eso puede ser lo que incomoda y quizás lo que no la haga tan accesible. Y sí, creo que la poesía y la literatura debe incomodar en algún sentido (gramatical, simbólico) para que despierte algo novedoso, algo que antes no estaba y entonces va a tener su razón de ser. Al escribir y como lectora, más que sentirme identificada con un personaje o con determinado verso, lo que espero es tener esa sensación de ´no lo habría podido pensar o decir en estos términos´. El equilibrio entre lo perturbador y lo bello creo que está en lo ambivalente e incompleto, en no pretender decirlo todo ni ser demasiado explícita.
En Criaturitas imperfectas, elementos cotidianos como flores, palabras y cuerpos se convierten en metáforas profundas ¿Cómo encontrás poesía en lo común y lo cotidiano?
En una curiosidad por el lenguaje primero, en lo fascinante de explorar las miles de formas de decir y tratar de captar alguna que pueda traernos algo singular. Y segundo estando disponible, buscar un detenimiento de la vorágine diaria si es que se quiere generar alguna torsión -a través de la escritura- a eso tan familiar y cercano que es la propia experiencia.
INFIERNOS ARTIFICIALES por Julián Axat
A propósito de OJOS FRÍOS (Vuelo de Quimera, 2024) de Eugenia Straccali
Franz Kafka en uno de sus aforismos, refiere que un texto debe ser como un hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Algo así me pasó recientemente leyendo el poemario ojos fríos (Vuelo de Quimera, 2024).
A diferencia de los diarios de desintoxicación (Jean Cocteu/ Thomas de Quincey), los diarios de experimentación al estilo “Paraísos artificiales”, clásico de Charles Baudelaire aborda el tránsito de la mente/cuerpo tras el consumo del Hachís/Opio para el acceso al infinito meta/físico/psíquico: “Quienes saben observarse a sí mismos y conservan el recuerdo de sus impresiones, quienes han sabido, como Hoffmann, construir su barómetro espiritual, han debido anotar a veces, en el observatorio de su pensamiento, bellas estaciones, jornadas felices, deliciosos minutos. Hay días en que el hombre se despierta con un ingenio joven y vigoroso”. Baudelaire mantiene liberados sus párpados del sueño que los cerraba, se le ofrece el mundo exterior con un relieve intenso, nitidez de concursos y abundancia de admirables colores. El mundo moral que abre sus vastas perspectivas, llenas de nuevas claridades para el poeta maldito. Es el hombre gratificado con felicidad breve, desgraciadamente rara y pasajera, se siente a la vez más artista y más justo, en una palabra, más noble tras la sustancia que consume, quedando atrapado en ese estado excepcional de la mente y de los sentidos, al que sin exagerar puede llamar paradisíaco si lo comparo con las densas tinieblas de la existencia común y cotidiana.
¿Pero es acaso el remedo de las llamadas “puertas de la percepción” de William Blake, de las que tanto hablaron Jim Morrison y Aldous Huxley?; ¿O acaso a Antonin Artaud/Don Juan en México, consumiendo hongos y alucinando, del mismo modo que Jack Kerouak & Allen Ginsberg? Las nuevas percepciones formaron parte del movimiento contra-cultural potencial humano, un tiempo de transformación de lo humano en el que la revolución de la subjetividad podía activarse desde la química externa/interna. En el desfasaje, hubo una intervención geopolítica que buscó exterminar el potencial humano.
Las dictaduras latinoamericanas fueron el comienzo de esa destrucción cincelada en las Escuelas de las Américas, por las que los paraísos artificiales pasaron de la experimentación al “Soma” del que habla Huxley en “Un mundo feliz”. A fines de los 70 y principios de los 80 llegó ese “Soma” y fue el Crack de Estados Unidos, esa droga modeladora de la mente/cuerpo que va a invadir los suburbios, y que en vez no de paraíso artificial de búsqueda, será el “infierno artificial”. Aquello que Francis Scott FitzGerald va a referir desde otro lugar (la crisis del 30´ no casualmente se llamó así) como Crack- up, en el que “toda vida es un proceso de demolición”., que es parte de un proceso geopolítico/ o biopolítico.
Al respecto, dice Philippe Bourgois, en un clásico de este tema, ha señalado que la tragedia más apremiante para América Latina es consecuencia de la gran demanda de crack en los Estados Unidos, así como la política de «tolerancia cero» de la llamada «guerra contra las drogas» del gobierno estadounidense, que induce un aumento artificial en el precio de las drogas, incrementa los márgenes de utilidad del narcotráfico y catapulta los niveles de violencia que rodean el negocio.
En el mismo sentido la “guerra contra el crack inicia el proceso de las políticas de «mano dura» exportables que han generado las condiciones óptimas para que el crack deje sus huellas en los rincones más alejados del continente, a medida que inaugura nuevos mercados de manera casi accidental entre los peones del narcotráfico y las comunidades que atraviesa, ya sean centros urbanos, puertos o pueblos rurales (Véase, En busca del respeto. Vendiendo crack en Harlem. Siglo XXI Edit. MX 2010. Pág. 19)
y ese mismo día te grité
cuídate
del búho de voz suave
de la sonrisa del hurón
de todas las voces que te humillan
de la caída vertiginosa del halcón en el humo cuidate
tenés
los ojos fríos
el paladar helado
cuidate
el cuerpo atrapado en acero
dispuesto a matarte en algún acantilado
la piedad a solas con su furia se sienta en las multitudes
Breve historia del bosque
¿y quién será el cirujano para esta piedra? Geoffrey Hill
Clorhidrato de cocaína. Bosque de cerámica croquelada espinas de palo borracho, flores bajo el hielo. El material de partida para hacer crack (droga) es el clorhidrato de cocaína. Bosque de álamos blancos. La cocaína generalmente se obtiene de las hojas de coca y se conoce comúnmente como ‘nieve’ cocaína ‘coca’ o ‘perico’. Bicarbonato sódico. Bosque de hojas plateadas o chopo blanco. La cocaína se mezcla con bicarbonato de sodio y agua para formar un conglomerado de consistencia pastosa. Calentamiento. Bosque hibernación. La mezcla de cocaína agua y bicarbonato se calienta (generalmente en una cuchara) Bosque Proctor cercano al Spoon River tu epitafio. Usando una fuente de calor un encendedor por ejemplo. Bosque incendiado. La reacción química y el calor hace que precipite la formación de la droga crack. Bosque arrecido. Solidificación. A medida que la mezcla se calienta, el agua y otras impurezas se evaporan, dejando el crack solidificado. Bosque anfiteatro de muertos. El término crack se refiere al sonido crepitante que hace el crack cuando se calienta y se fuma. ¿Cómo olvidar la violencia de que fumaras delante mio? Bosque boreal. Las rocas de crack suelen ser blanquecinas o beige y pueden variar en tamaño. Bosque gélido nuestra belleza y el amor que no reconocés brutal nómade antiguo alquímico
craquelados
fenómeno de deterioro
grietas leves que fragmentan la pintura de tu paisaje por qué imitar el envejecimiento
láminas de cerámica
brillan espinos turquesa
nuestro amor río de glaciares
53.
coke / rock / snow / blow white / toot / nose candy / base / flake/ powder / basa / smack / chulas / pops / rirris / niñas / duras / hielos / rock&roll / rockstars / chespi o chifle
54.
intenso pasaje de corta duración
depresión intensa / tensión nerviosa / ansia por más / galope cardíaco / espasmos musculares / enojo / hostilidad / muerte súbita
Los consumidores de Crack caen a un precipicio. Una forma de exterminio lenta donde el cuerpo queda sumido en una devoradora dependencia externa a una continua demanda que no se puede dejar de satisfacer. Dice el ya citado Bourgois: “… El crack es la droga lumpen por excelencia. Es una sustancia que capta el sufrimiento social y la precariedad de nuestra época. Si bien una dosis se consigue por centavos, también es posible gastar una fortuna fumando la droga cada pocos minutos. Desgasta rápidamente el cuerpo, quita el hambre y el sueño, y ofrece apenas unos instantes de placer seguidos por un ansia paranoica y voraz de adquirir más, que fácilmente se convierte en violencia…” (Philippe Bourgois, Pág. 22).
Pero volvamos al libro de Eugenia, que es quizás su libro más Baudelaireano. No se trata un diario de experimentación de uno mismo, sino un diario sobre “el otro”. Una etnografía poética sobre los estados de un otro cercano, cuya base de relación es un encuentro amoroso y de amistad.
Esta taquigrafía poética de la destrucción ajena es también una búsqueda de la experiencia en el otro (la palabra experiencia poética en Straccali siempre está presente, pues no hay poesía sin puesta de cuerpo). Un “diario del Crack que no soy yo, y es el otro”. Su mirada de hielo, su y su des-hielo.
No se trata de “salvar” tampoco-. Se trata de “sostener” (yo no puedo apropiarme o ser paternalista / tutelar con la experiencia del otro, no puedo decirle “esto no lo hagas”, su experiencia deviene y la sostengo hasta que encuentre su propio límite). Amar es cuidar y no impedir o disciplinar.
Hay respeto en la poeta Straccali hacia ese otro que decide el proceso de demolición, porque esa vida atraviesa un proceso profundo que debe respetarse; y el lugar es el de la “Ayuda”, no el del castigo que (en el fondo) produce un efecto peor que es la caída del objeto/sujeto al vacío.
Y todo ello a pesar de su costo/secuela. Pues “ojos fríos”, se inscribe en esa línea de sostén y descripción horizontal desde la poesía. Esa puesta en el cuerpo del “otro” de los efectos de la droga, son espejo en la poeta y su cuerpo. Pues no es que no tiene costo para el que escribe / describe / poetiza, quien no consume se consume igual. Estar /acompañar / ser en el otro es también sufrir la caída al vacío. El enfriamiento de las retinas por partida doble. La inanición como proceso distinto/pero cercano.
¿Cómo ser el otro en el des-hielo? ¿Cómo armarlo / cuidarlo /abrazarlo e intentar viajar con la poesía que es el registro más delicado, para que el deshielo del crack no sea tan brutal?
El crack es exterminio de uno mismo ante los demás, en su demanda infinita se tyraga a todos los que tiene al lado para pedir más. Ojos fríos es no poder parar, sino en más crack, el único deseo es la misma grieta de la demolición.
60.
dos patos estaban chapoteando felices en el lago nadaban majestuosos
¿qué pasó con el cisne rosado?
lo estrangulaste
punta de flecha
arco tenso tu columna
rebosantes de pasado y de ecos caminábamos hacia la desembocadura este es el lugar para la caza con galgos cuidado
uno de los puestos vigías
cuántas veces estuviste
en este mismo punto
a esta misma hora
cuando el sol
poniéndose sobre los picos
doraba con sus últimos rayos las aguas
enseguida nos sentamos en el lugar
fumabas fumabas fumabas
levantaste una piedra vulgar y semienterrada en el río verde
toda valla o brizna de hierba que podía esta mañana asomar la cabeza por la espesura estaba polvorienta
los árboles criaturas aéreas de la penumbra
podíamos distinguir perfectamente el centro y su bifurcación incluso las más diminutas fibras
junto a los bordes dentellados
hay ramitas rastrojos
opuestas a la luz
había también hojas color ámbar sobresalían formando ramos amontonadas unas sobre otras
no hay pasaje para vos
igual que un niño espera con anticipación el verano así chocamos las botellas
calma aparente calma
el ciclo de las estaciones
en su infalible repetición desastre
igualmente la primavera volvió a defraudarme podríamos escribir escribir escribir
qué hago con tu ingravidez pensé
¿dónde te lleva la piedra? ¿cúando se deshace definitivamente?
¿qué puede hacer un hombre sin avergonzarse? puede no hacer nada
escabullirse de los semásforos
desde el desfiladero
te veo
tambalearte entre los que pasan pasan
me mentiste otra vez opaco
tan tan entristecido de vos tan desorbitado tan
a la deriva a la deriva a la deriva oráculo de aves embalsamadas catástrofe
navegando
a la deriva a la deriva a la deriva día sofocante
¿y yo?
shock
en las aguas mansas del estanque a mí el puñal en la nuca
casi dejo de vivir
por vos
casi
casi
La sensación es también parte de la lectura de este libro que es casi una etnografía poética de un viaje de descongelamiento de la percepción, de un estado de quiebre humano y desesperación producto del consumo del Crack.
Aquello que está congelado y se quiebra son también los ojos del lector que acompañan el síntoma de los ojos fríos del poeta, que es a su vez el espejo de los ojos de quien está sumido en el trance.
En definitiva, estamos ante un libro que invita a una experiencia límite, extrema, un viaje que es también –finalmente- una íntima despedida.
Julián Axat (Argentina, La Plata, 1976). Publicó: Peso formidable (2003); Servarios (2005); Medium (2006); ylumynarya (2008); Neo o el equipo forense de sí (2010); Si Hamlet duda, le daremos muerte (2010), Musulmán o Biopoética (2013); Rimbaud en la CGT (2014); La Plata Spoon River (2014); Offshore (2017). Cuando las gasolineras sean ruinas románticas (2019); Perros del Cosmos (2020); Interestelaria (2022), el amor por los débiles & el instinto de asesinato (2013). Hasta el 2015 dirigió la colección Los Detectives Salvajes, de la editorial libros de la Talita Dorada. Su poesía ha sido traducida al francés, italiano e inglés.