Constelaciones de la memoria

Taller «La poesía como experiencia»

Jorgelina Sanchez

La madriguera

“No te avergüences de ninguna pregunta, si es sincera. Generalmente son las respuestas las más acreedoras de vergüenza.”

¡El silbido de ese pájaro es peor que un despertador! Ni siquiera son las seis. Se me va a hacer eterno el día. ¿Qué se le dio por verme ahora? Se acordó de devolverme el llamado que le hice hace un año. Voy a tener que bañarme, por ahí la cruzo a la Colorada en la facultad, Qué mina rara, pero está buena. Me encanta la boca que tiene. ¿En la mochila dejé la libreta? ¿Qué mierda hice? Fui a alumnos, pedí el certificado, la Colo lo llevó a firmar, ¿lo agarré? Sí, lo doblé y lo metí en un bolsillo de la mochila, me levanto y me fijo…

 

“¡Limpiá mi habiación, Marga!” gritaba la abuela desde la otra punta de la casa y mamá se hamacaba sobre el secador mojando el piso. Lo hacía cada vez más encorvada, debía ser tedioso tener todo reluciente y encontrar ese hilo satinado y cimbreante en un tejido perfecto por todos los rincones. Disimulaba su resignación en la limpieza y así le daba argumentos a la abuela, para que desde la silla de ruedas, le indicara cómo decían hacerse las cosas en esta casa.

A veces me gustaba encontrarla en esas ocupaciones, como cuando era chico, a veces no. Lo que hacía parecía no pesarle. Nunca le pregunté lo que realmente la hacía feliz, no sé si me hubiera bancado la respuesta.

La vez que mamá me dijo que ella sabía por qué lo perdonaba, le creí.

 

Tengo que afeitarme, o me afeito mañana, no sé si me vió alguna vez con barba. Voy a cambiar el espejo del baño, lo que en realidad lo que hace falta en esta casa es más luz. Podría colgar un ventilador de techo…no debe ser tan complicado, este de pie no tira aire, hace ruido nada más. Se debe poder arreglar pero no tengo ni idea. ¿Qué le voy a decir cuando lo vea? ¿Cómo estás? ¿Papá?

 

Marga iba a buscarme a la escuela casi todos los días, salvo cuando la abuela tenía turno con el cardiólogo, entonces me llevaba a casa la mamá de Lisandro. Esos días no volvía caminando, volvía en auto. Con Lisandro no compartía casi nada, él siempre estaba detrás de alguna chica en los recreos. No me interesaba su presencia en el auto, ni siquiera la de su mamá, que jamás me habló. ¿Sabría algo? Me sentaba en el asiento de atrás  y comenzaba el viaje que más esperaba, cómodo, con los pies en el aire. Daba más vueltas de las necesarias para llegar a casa pero nunca dejaba de pasar por la calle cincuenta y cuatro. Yo me pegaba al vidrio de la puerta del auto para ver la vidriera del negocio de pesca y armas, ese maniquí vestido con ropa camuflada, la escopeta colgando sobre uno de sus hombros, lista para desenfundar.

Llegaba y encontraba a mamá en la cocina siempre de espalda a las conversaciones, envuelta en la sombra de la escasa luz natural, las ventanas chicas y casi siempre cerradas. Mientras yo tomaba la leche, su único tema de conversación era cuánta ropa había lavado:

-Hoy, cuatro remeras, dos calzoncillos, tres pares de medias, dos blusas de tu abuela, cuatro camisas de tu padre y cinco pañuelos: diecinueve prendas.

Se sentaba en la cabecera de la mesa, las extendía y con toda su paciencia, quitaba del entramado hilos plateados, pegajosos, adheridos a las costuras, a veces usaba la tijera para cortarlos.

Con papá no podía contarse para nada, “sus veinticuatro por cuarenta y ocho” eran determinantes para no plantearle ningún problema. Hablar de la escuela sólo con mamá, ni siquiera con la abuela, no sé de quién escuché una vez que no sabía escribir, me dio lástima. Yo podía haberle enseñado, pero nadie en la casa se atrevía a cambiar nada de lo que debía hacerse, así lo había dispuesto él.

Es temprano, me quedo un rato más en la cama. ¡Cómo me duelen los gemelos! La bici, seguro. ¿Me devolvió los apuntes de Comunicación la Colo? Cómo me marea esa mina. No escribí ni un renglón del trabajo, no tengo idea de cómo encararlo… me voy a comprar una camisa, corbata no me pongo ni en pedo para la inauguración de la videoteca de la facultad. Tengo ganas de verlo, se me cruzan tantas preguntas para hacerle, ¿qué esperará de mí? ¡Los descamisados! Qué tal el título de la monografía, al peronacho de Teoría Política le va a gustar y de paso lo incomodo un poco al comisario cuando le hable de la carrera.

 

La primera vez que encontré el arma sobre la mesa iba a buscar una manzana de la frutera. La ví sobre el mantel floreado, la agarré pensando que era de juguete. Tenía siete años, creo. Al lado del arma estaba la gorra y una carpeta que tenía hojas con un escudo en la parte superior, escritas a máquina, con listas, como las que pasaba la seño en clase:

Álvarez Enrique

Argüello Juan

Baez, Ramón E.

Cáceres Pedro…

Nadie en la casa escuchó la bocina del auto que me había dejado en la puerta. El arma pesaba mucho, la agarré por el caño y la dí vuelta para acomodar el dedito en el gatillo. El disparo salió de la boca de mi madre con un grito:

-¡No! ¡Dejá eso, hijo!

La solté y puse las manos en la cabeza. El cuerpo de Marga que se abalanzó sobre la mesa siguió disparando sin tregua, “¡Por Dios!”, “¡Qué peligro”, “¿Por qué está esto acá?” . La abuela, desde la habitación, se quejaba de los gritos. Y yo, sostenido desde los brazos, alcanzaba a tocar con la punta de la zapatilla los pedacitos de vidrio del frasco de los insectos de mamá. Lo dejó caer en la desesperación, gusanos muertos entre los cristales, los que habían sobrevivido buscaban esconderse debajo de los muebles. El otro frasco, el de las moscas, estaba sobre la máquina de coser.

 

¿Qué habrá pensado el día que lo nombraron comisario? Cada uno en su lugar y como lo digo yo…hijo de puta. Obediencia, eterna obediencia. Este cuatrimestre voy a cursar dos, una con la Colo. Me voy a anotar en el curso de locución y voy a empezar el gimnasio. Este colchón de mierda, me mata la espalda.

 

La rutina no cambió mucho en casa con su ascenso, salvo por los días de ausencia que se extendieron mucho más que sus “veinticuatro por cuarenta y ocho”. La figura de mi padre siguió siendo esa sombra enigmática que cerraba puertas con llave, tomaba mate en silencio y con los ojos cerrados, saludaba con un beso a su madre antes de ir a trabajar.

De mi niñez suena fuerte un recuerdo entre los estruendos de aquella medianoche de invierno. Mi madre me sacó de la cama y me llevó a la habitación. Intentó levantarme en sus brazos pero me resistí. Entré por mi cuenta a su cama, me arropó y, después de apagar la luz, se sentó en una silla, junto a la ventana, con un saco sobre sus hombros. Si yo no hubiera estado allí, seguramente, hubiera prendido un cigarrillo.

Por los alrededores del barrio se escucharon gritos y explosiones. A lo lejos, sirenas de patrulleros. Por la vereda, las corridas hacían temblar las ventanas, alguien gritó “¡Milico hijo de puta!”. Un piedrazo golpeó la puerta de calle y el vidrio quedó desparramado sobre la alfombra del recibidor.

-¿Qué pasa, mamá?

-Nada. Dormí.

-¿Papá?

-Hoy está de guardia. Dormí.

 

No sé qué voy a hacer después del último parcial. Y no tengo ganas de pensar en eso ahora. Termino lo que empecé y después… andá a saber si pego algo de la profesión. Tengo ganas de borrar  tantas cosas de mi vida… me explota la cabeza justificar y justificar y justificar. Me llevo la mochila por ahí el flaco Pedernera me paga las birras que le gané jugando al truco. No se las voy a perdonar. Ni le digo a Marga que perdí la agenda, me va a volver loco con su persecuta de los teléfonos y las direcciones. ¿Será capáz de esperarme en el café? 

 

Varias veces las corridas nocturnas me llevaron a la habitación de mi vieja. La abuela nunca escuchaba nada. Después de que las sirenas, las frenadas y los estallidos cesaban, el comisario recorría la casa y yo lo acompañaba. Tocaba los picaportes, mi miraba y yo copiaba su gesto en la espera de su aprobación. Los pisos eran de madera en toda la casa, debajo de ellos se escondían los insectos que mamá se responsabilizaba de atrapar. Los golpes de nuestros pasos rebotaban en los tejidos subterráneos. Sólo a una habitación jamás entré, era más pequeña que las demás, y la llave puesta a la vista. Los hilos habían sellado todo el marco y el picaporte, mamá tenía prohibido limpiarla. 

 

A esta hora la ciudad es otra cosa, me gusta ser uno de los pocos que anda suelto. Este barcito de mala muerte, la mesa junto a la ventana; me acuerdo de la primera birra que tome acá con la Colo, ya no sé con qué excusa me dejó en banda y se fue.

 

-¡Me traés un cortado, flaca?

-Dale… no te acordás de mí.

-No, perdóname, ¿de dónde nos conocemos?

-Del Normal 1. Yo cursé en el A.

 

¡Ni idea quién es! ¿Cómo hizo para reconocerme? Soy un desastre para las caras… ¡se sienta! ¿Qué le pasa?

 

-¿No volviste a ver a nadie de la escuela?

-No… la verdad, no me acuerdo de vos, ni de los del A.

-¿Qué hacés de tu vida?

-Estudio periodismo.

 

No le sigo la corriente, la corto acá, a ver si se levanta y me trae el café. Y encima esta vacío el bar…

 

-¿Te falta mucho para terminar la carrera?

-No…

-¿Y a qué parte del periodismo te vas a dedicar?

-No se…

-¿Trabajás?

-No.

-Hasta hora todo “no”, mejor no te pregunto si esperás a alguien. Ya te traigo el café.

 

¿Y a esta loca qué le pasa? Le tengo que dar explicaciones de lo que hago y de lo que no hago, ¿qué delira? Ella me viene a analizar a mí, y está atendiendo un barcito que se cae a pedazos. ¡Qué se yo que voy a hacer cuando me reciba! Estoy tratando de tomar una decisión en este momento y me viene a hablar del futuro. Me siento clavado en el piso.

 

-Acá está el café.

 

¡Se vuelve a sentar! Es lo más colgada que ví esta flaca.

 

-Yo me fui del barrio. Anduve por Rosario, por Tandil… volví hace un mes, quiero retomar la carrera, estudié algo de Filosofía.

-Filosofía…mirá…

-¿Estás en pareja?

-Mmmmm…

-Bueno, nos pasa a todos, hay algo pero si compromiso, ¿no?

-Ponele…

-Entró otro cliente, te dejo. Si puedo vuelvo y seguimos. ¡Ah! ¿Sabés de qué me acordé mientras te preparaba el café? Del día que fuimos con un par de chicos a tu casa, por tu cumple. Me quise meter en una puerta equivocada, ¡qué sensación! Te pusiste como loco cuando me quisiste despegar ese hilado pegajoso y brillante que se me enredó en el pelo, con una mano me tapabas la boca para que no gritara y con la otra me arrancabas los mechones. ¡Qué olor había cerca de ese lugar! Arrancaste la llave, algo tenía ese tejido que la envolvía, se te caían las lágrimas del dolor apretándola en tu mano… ¿te acordás?

-Sí, me acuerdo.

-¿Tu viejo vive o ya se lo están comiendo aquellos bichos?

Patricia Cuscuela

A MIS AMIGOS PERDIDOS

me veo    te veo 

sobrevivientes de un invierno que duró casi diez años

 

los veo 

jóvenes casi niños

en las fotos

rostros mosaicos en murales

sigo con la nostalgia de su ausencia

duelen algunas noches

decido escribir 

con todas las palabras de entonces

para traducir 

para hacer un corte al dolor

porque se los debo

y tengo agujeros negros en las alas.

Yanina Aurora

mi manzano

homenaje a Chicha Mariani, abuela de Plaza de Mayo

¿dónde está tu corazón ahora?

Juan Gelman

I

¿quién es la que está aquí? 

¿es la que habla?

¿qué palabras encenderán la verdad

y le darán al cuerpo la vida de la historia?

 

sentada  al borde de las hogueras

no hay fuego que llegue a encender 

esa sombra sobre tu corazón

 

¿quién es la que habla aquí?

 

¿te referís a mi origen?

a lo que podría llegar a ser? 

 a lo que hice?

soy lo que ves?

soy lo que temo? soy lo que perdí?

lo que amo? a quien amo?

soy lo que deseo?

soy lo que hago? lo que sueño? lo que fui?

 

pero no soy las palabras

las palabras sirven para etiquetar

las palabras no sirven para entender

aunque el mundo se termine mañana yo plantaré mi manzano

Martin Luther King

II

¿alguna vez pensaste

en los árboles crecer

sin que nadie los mire?

 

¿alguna vez viste las venas luminosas

quebrando la fina oscuridad

al final de un día?

uno más       sin saber

que aquí       nada se sabe

que aquí       nadie se rinde

 

el magma de la tierra y el centro del sol tienen el mismo color que la sangre o la luz con la que se revelan las imágenes de las fotografías,             

como la de la bebé a quien sostienen felices sus abuelos

 

ella,  aún no sabe 

cuáles son sus nombres

 

sutil y profunda  la memoria

conoce cómo vibra el amor

 

alguna vez quizá

al final de un viaje

podrá abrazarlos

en otra fotografía

aún no revelada