La imagen quema

Serie fotográfica por Gregorio Bjerring
Poesía por Eugenia Straccali

 

 

“La imagen creada por el artista es algo completamente diferente a un simple corte practicado en el mundo de los aspectos visibles. Es una huella, un surco, un coletazo visual del tiempo que ella quiso tocar, aunque también de aquellos tiempos suplementarios que ella no puede, en tanto que arte de memoria, dejar de aglutinar. Es ceniza mezclada, más o menos cálida, de una multitud de hogueras.
        Pues en este sentido la imagen quema. Quema con lo real, a lo que por un instante se ha aproximado. Quema con el deseo que la anima, con la intencionalidad que la estructura, con la enunciación, incluso con la urgencia que manifiesta. Quema con la destrucción, por el incendio que estuvo a punto de pulverizarla, ese del que escapó, y del cual, por eso mismo, es capaz hoy de ofrecer aún el archivo y la posibilidad de imaginarlo. Quema con el brillo, es decir, la posibilidad visual abierta por su misma consumación: verdad preciosa pero pasajera, destinada a extinguirse. Quema con su movimiento intempestivo, incapaz como es de detenerse en el camino, capaz como es de bifurcarse siempre, de irse bruscamente a otra parte. Quema con su audacia, cuando vuelve imposible toda retirada. Quema por el dolor del que ha surgido y que ella a su vez produce a quien se tome el tiempo de involucrarse. Finalmente, la imagen quema por la memoria, es decir, quema aunque no sea sino ceniza: es una manera de declarar su esencial vocación por la supervivencia, por el a pesar de todo.
        Para saberlo, para sentirlo, sin embargo, es preciso atreverse: aproximar el rostro a la ceniza. Y soplar suavemente para que la brasa, bajo ella, vuelva a emitir su calor, su luminosidad, su peligro. Como si de la imagen gris se elevara una voz: “¿Acaso no ves que estoy ardiendo?” […]”

 

 

La política de las imágenes Georges Didi-Huberman