Sobre un libro de poemas escritos a golpes de luz

Biografía

 “Tuve amigos que morían, amigos que partían
Otros que quebraron su rostro contra el tiempo.
Odié lo que era fácil
Me he buscado en la luz, en el mar y en el viento.”

 Sophia de Mello Breyner Andresen

¿Qué es una fotografía sino un instante capturado por un golpe de luz?

Pero antes de ese instante, de ese golpe, hubo otro impacto causado por la imagen que convoca a su captura. ¿Qué mueve a la fotógrafa a responder a esa convocatoria? Seguramente su actitud estará regida por innumerables arquetipos de conciencia colectiva que, apreciados desde su individualidad, se transforman en patrones emocionales y de conducta, moviéndola a procesar de una determinada manera las sensaciones, imágenes, percepciones como un todo y darle sentido desde su arte. 

Teodelina Detry nació en Buenos Aires el 16 de abril de 1975, artista visual dedicada a la pintura y la fotografía, estudió Dirección de Arte en la Escuela Superior de Creativos Publicitarios y a los 22 años se mudó a Nueva York donde asistió a varios talleres en el Parsons School of Design. Estudió fotografía en la escuela de Andy Golstein en Argentina, se formó durante tres años con las fotógrafas Aline Kundig y Athena Carey en Ginebra, Suiza. Desde 2017 asiste al Taller de Juan Astica, artista plástico, perfeccionándose a su vez como fotógrafa con Inés Miguens y Santiago Carrera. Realizó workshops de fotografía con Esteban Pastorino y Marcos López (Argentina); con Alain Laboile y Laura Letinsky en EEUU y Francia. Actualmente participa en la clínica de obra del programa de formación Proyecto Imaginario. Exhibió su trabajo fotográfico con Inés Miguens en Tattersal, Palermo (2017, 2018 y 2019). Expuso en galería Zona de Photo y en muestra colectiva Mundo Nuevo Art Gallery (2019 y 2020). En marzo de 2020 presentó en ArtexArte su primer libro de fotografía de autor, “la anémona es una flor que se abre al menorr golpe de viento”, obra sobre la que realizo este trabajo de curaduría.

La fotografía captura momentos y los vuelve eternos.

El paso del tiempo más las experiencias que han provocado cambios fundamentales en nuestra vida nos ayudan a desarrollar una forma especial de apreciación, nos proveen de una herramienta que, como casi todo lo que la naturaleza nos otorga, no siempre podemos usar, sino que su disponibilidad responde a mecanismos difíciles de individualizar o comprender, mecanismos que se disparan por algo que puntualmente los atrae. Esto es precisamente lo que me ha ocurrido con el libro de Teodelina.

Difícil es describir la experiencia sin usar un lenguaje metafórico como puente para transferir el gesto del sentido creativo. Escribo cada palabra, la pronuncio en voz alta y descubro que no alcanza a traducir la inmensidad de la vivencia en el momento de la percepción. Hablo de la introspección que nos permite rozar el alma, transmutar hacia la esencia de las cosas sin más ánimo que trascender los espacios establecidos por el orden lógico en que vivimos (que no siempre implica placer).

Intento describir la experiencia de abandono del cuerpo animal para devenir vegetal, realidad lejana que solo gobierna el inconsciente. Vegetal que se vuelve piedra pero también huella en el fondo arenoso del tiempo que escapa a todos los relojes. 

No es una experiencia que se aprecia del otro lado de un cristal, como en un acuario, como quien presencia un espectáculo sin ser parte. Hablo de sentir la necesidad de involucrarse, de dejarse atrapar, quedar inmerso en un flujo en el que sólo la luz marca el sentido, se borran las fronteras, la identidad se vuelve inestable, desaparece la pretensión de indagar qué sucede sino de vivir intensamente en un presente absoluto. 

 

Las imágenes del libro, metáfora entrópica, pasan de la quietud al movimiento, por momentos sutil -el desplazamiento de una bailarina-, por momentos frenético como el de los cascos de un caballo en galope. Las imágenes hablan de un tiempo detenido, de un viento imaginario que subvierte atmósferas, de peligros ocultos, de transposición de espacios. 

Las fotografías de Teodelina que conforman “una anémona es una flor…”, no son meras miniaturas de realidad sino la invitación a cruzar la gran puerta de ingreso a lo profundo de nosotros. 

Dice Susan Sontag: “las fotografías son en efecto experiencia capturada y la cámara es el arma ideal de la conciencia en su talante codicioso”.

La primera imagen, llamada Profundidad, se presenta como un arte poética, nos da idea de lo onírico pero ese efecto prontamente se diluye porque la autora nos sumerge en un mundo real, siempre sugerente, a través del cabello de una bailarina-dardos de la anémona de mar-pelos urticantes de la oruga; a través de las sombras que invitan a la imaginación o imprimen el coraje de indagar y descubrir; del agua-viva, agua-vida que marca su presencia en esta biografía del pasaje constante.

 

¿El poema? Cada quien oirá el suyo al recorrer las páginas del libro. Imagino que la poeta portuguesa Sophia de Mello Breyner Andresen escribió los poemas, que incluyo como epígrafes, luego de una experiencia similar a la mía.

Celebro haberme encontrado con Teodelina Detry y su hermosa obra.

Patricia Cuscuela

Arte poética sobre la imagen Profundidad

Día de mar en el viento 

“Día de mar en el viento, construido
Con sombras de caballos y de plumas.

Día de mar en mi cuarto -cubo
Donde mis gestos sonámbulos se deslizan
Entre animal y flor como medusas.

Día de mar en el viento, día alto
Donde mis gestos son gaviotas que se pierden
Girando sobre las olas, sobre las nubes.”

                                 

                                           Sophia de Mello Breyner Andresen 

(Versión de Diana Bellessi)

la anémona es una flor que se abre al menor golpe de viento

sumergido en este sueño congelado 

un camino

proyección de su sombra en el silencio del agua

un camino

su sombra

la flor ausente

 

suenan cascos marcando el tiempo

el mito vuelve y se adueña de la melodía

al intentar la danza

quedo encerrada en la tormenta

el cielo se abre en eléctricas nervaduras

la lluvia lava las flores de los muertos

¿quién es el que dice cuando digo?

los que siempre me acompañan

se arriesgan a invadir mi lengua

estalactitas de helechos mis dientes

las palabras tiemblan al volver a mi boca

 

esqueletos de hojas 

anémonas ausentes

dedos tentáculos pelos

                                                    me desconozco animal

intenso devenir planta tierra

me escondo en la raja de una roca

descubro que la raja es un camino

o su sombra 

***

Desborde

emerge el hierro

de nieblas paralelas

 

respira la vida que recorre su camino causal 

repetido

                ascenso

                inflexión 

                decadencia

  Kriptonita / Luz II

giros    giros     giros

la danza se vuelve frenética

dualidad de la sombra

simbiosis vital

mis pies se unifican

anillos concéntricos me atraen

toda avidez mi boca

                           útero

                           corola

animal flor

Suavidad submarina

vibración repliegue 

suavidad profunda

energía que asoma a la transformación

soy materia que deviene en extasis

epifanía de la luz

 

Medusa

 

no hay encuadre para mi deriva

¿Bailamos?

en un acto sublime del reencuetro

convoco a mi madre 

a sus miedos que forjaron   

parte de la leyenda de mi vida 

 

ella acude

con la savia poderosa

la semilla

viene con el canto y los recuerdos

la pasión de su lengua

de la lengua de su madre

que confluyen en mi vocabulario

jerga entremezclada espontánea

riqueza inagotable del lenguaje

sin embargo 

me parece insuficiente

a la sombra frondosa de la imagen

El poder de la música

tan leves

casi suspendidas 

las hojas danzan

vibran sin ruido los espacios

en un instante eterno de ondulante memoria